Las historias como manipulación (parte 1): El caso de Taylor Swift

Advertencia: en este post voy a hablar de maltrato psicológico y físico, de esclavitud y de violencia racial. Cuidaos mucho, criaturas.

Este artículo se ha escrito prácticamente a cuatro manos con Nella Ceruti, que no sólo es periodista, melómana y doctora cum laude en Chismografía, si no también mi hermana. Todo queda en familia.

 

Bienvenida de nuevo, gente. Dos cosas antes de empezar. Una: este va a ser un artículo largo. MUY largo. Así que si queréis hacer pis o ir a por un café, ahora es un buen momento. Dos: va a tener segunda parte, sólo en el caso de que no hubierais tenido bastante. 😀

Una vez aclarado esto, y dado que vamos apretades de espacio, voy a meterme ya en el tema y a soltarlo sin anestesia: la narración de historias es una forma de manipulación emocional.

Lo sé, lo sé. Sin olvidar que la manipulación emocional es una forma de maltrato psicológico, detengámonos un momento en el significado de esta expresión. “Manipular” significa tocar, accionar o mover algo con las manos. Si una persona manipula una máquina o un objeto, lo está haciendo funcionar mediante una serie de comandos, moviéndolo de un lado a otro, puede que incluso alterando su estado original a través de su toque. Si le añadimos “emocional” detrás, estaríamos haciendo lo mismo que con la máquina, pero tocando las emociones (miedos, apegos, deseos, culpa…) de una persona para empujarla a sentirse o a actuar de una determinada forma.

Hay quien dice que toda interacción social conlleva un poco de manipulación emocional. Que tratar de caer bien o de convencer a alguien también son formas de manipulación emocional. “El mundo es un escenario y todos los hombres y mujeres son meros actores”, etcétera etcétera. Es cierto que variamos nuestro comportamiento según el público, y que procuramos despertar reacciones favorables en les otres. La diferencia de todo esto con la manipulación emocional, creo yo, es que cuando manipulamos no nos importa dañar a otres a fin de conseguirlo. A veces, incluso, es el daño lo que nos beneficia.

La línea entre una y otra es borrosa y muy delicada, entre otras cosas, porque los seres humanos nos guiamos más por emociones que por ideas racionales. Por eso cuesta tanto convencernos de que nos hemos equivocado, incluso con todos los datos del mundo, y por eso es más fácil obtener nuestra lealtad con comida y seguridad que con detallados planes económicos. Meter los dedos en las emociones ajenas es, en el mejor de los casos, como tratar de sacarle a alguien un cuchillo de la ingle sin matarle, y en el peor una terrible violación de su integridad, capaz de dejarle secuelas muy dolorosas a largo plazo.

Volviendo al principio: la narración de historias es una forma de manipulación emocional, porque el trabajo de un historia es justamente hacernos sentir cosas. Ya abundaré en esa tema en la segunda parte de este artículo, en el que trataré de la ficción propiamente dicha, pero quedaos con esto: una historia que no nos hace sentir nada (ni empatía, ni miedo, ni tensión, ni entusiasmo) es una historia fallida. Y si habéis leído el primer post de este blog ya sabéis de mi teoría de que cualquier construcción social que contenga símbolos se puede considerar una historia, aunque sea en miniatura. Siguiendo esto, vivimos rodeades de historias por todas partes. Un discurso político puede ser una narración; un anuncio publicitario también. La versión de sí misma que una persona nos ofrece también. Todos están diseñados para manipular nuestras emociones. Hay personas, o entidades, expertas en el arte de provocar respuestas emocionales y cosechar beneficios de ello: gobiernos totalitarios, personas maltratadoras… o personalidades públicas.

En este artículo quiero diseccionar cómo se construye y qué mecanismos usa una narrativa para manipular las emociones de la audiencia. Y para ello voy a hablar de Taylor Swift.

Cómo me gustan los giros bruscos, AYE.

Taylor Alison Swift, nacida en Pensilvania en 1989, ha sido una prominente figura del pop internacional desde mediados de la década de 2000; si no vives debajo de una piedra, hay altas posibilidades de que hayas escuchado su música al menos una vez, aunque no lo sepas; en la radio, en una discoteca o en el hilo musical de un restaurante. Lo que me resulta interesante es que su carrera se ha compuesto a partes iguales de producción musical y de una cuidada relación con público y prensa.

Swift es una maestra del arte de la narrativa. A través de su música y de su publicidad, Taylor Swift ha contado la historia de Taylor Swift tal y como desea que el público la conozca. Sabe qué palancas mover en el corazón de la audiencia para dar la imagen más conveniente a cada momento; a lo largo de su carrera ha sido la Novia de América, una víctima inocente de la brutalidad de otros, una mujer fuerte e independiente capaz de alzarse de sus cenizas, y de vuelta al principio. Esta historia se puede reconstruir, de manera cronológica y pieza a pieza, a través de sus álbumes y singles, así como de los diversos escándalos mediáticos en los que se ha visto envuelta. No creo que sea coincidencia que los fans llamen a los períodos de promoción de sus álbumes “eras”; son como capítulos en una novela, con una temática, una imagen e incluso una paleta cromática muy definidas. Todas destinadas a contarnos una historia por entregas que haría sonrojarse a varias sagas de fantasía épica.

Y esa es la novela que vamos a leer ahora, así que espero que hayáis ido al baño ya 😀

 

Capítulo 1: Una inocente chica de Pensilvania Tennessee (2003-2008)

Taylor Swift se mudó a Nashville, Tennessee, a los catorce años, buscando abrirse camino como cantautora en la escena country regional. A pesar de haber nacido en el noreste de Estados Unidos, Swift se presenta desde el principio como una southern belle, el ideal de la mujer blanca del sur estadounidense (quedaos con lo de mujer BLANCA, que es muy importante): ingenuidad, delicadeza, botas de cowboy. A esta primera piedra de su identidad como artista le suma el hecho de padeció bullying en el colegio durante dos años, antes de que sus padres la retiraran para educarla en casa. Su primer disco, “Taylor Swift”, habla sobre todo de esta angustia adolescente, algo que le permitió acceder a un público joven que se sentía identificado con ella. Por esta época, siendo ella tan joven, es probable que sus padres y su discográfica aún tuvieran mucho poder de decisión sobre su imagen.

En 2008, ya con diecinueve años, Swift lanzó su segundo disco, “Fearless”, y salió brevemente con Joe Jonas, miembro de la boyband Jonas Brothers (sería su primera relación mediática). Durante la gira de promoción, acudió al programa de Ellen DeGeneres, quien le preguntó si alguna de las canciones del álbum estaba dedicada a Jonas. Swift indicó la canción “Forever & Always”, revelando al mismo tiempo que ya no eran pareja. Luego bromeó diciendo que algún día ni se acordaría del chico que “cortó con ella por teléfono en 27 segundos”. Esto no sólo le granjeó a Jonas la antipatía de los medios, si no que inauguró un patrón que Swift repetiría en el futuro: las alusiones directas a rupturas o conflictos en sus álbumes.

 

Capítulo 2: Música, racismo y premios (2009-2012)

En 2009, Swift ganó el MTV Video Music Award a la mejor artista femenina, y su discurso de aceptación fue bruscamente interrumpido por el rapero Kanye West, que le arrebató el micrófono y declaró que el premio debería haberlo ganado Beyoncé, aduciendo que era el racismo de la industria musical, y no el talento de las nominadas, lo que había llevado al jurado a tomar esa decisión. West fue expulsado de la ceremonia; posteriormente, Beyoncé recibiría el VMA a Mejor Vídeo del Año e invitaría a Swift al escenario para terminar su discurso. La controversia que siguió fue inmensa y trascendió la escena musical estadounidense; a día de hoy, “Imma let you finish but…” (“te voy a dejar terminar [tu discurso] pero…”) es un meme bien conocido.

(AP Photo/Jason DeCrow)

Ahora hagamos una pausa y recojamos las piezas de narrativa personal que Taylor Swift ha ido acumulando hasta ahora.

Tenemos las historias del bullying y de rupturas dolorosas (después de Joe Jonas vinieron otros, a los que también dedicó canciones de forma más o menos evidentes). Y tenemos, sobre todo, a la southern belle, la belleza sureña. ¿Recordáis que os dije que es un ideal de mujer exclusivamente blanca? No es casualidad. 

Este arquetipo nace de una versión idealizada del sur estadounidense anterior a la Guerra de Secesión; es decir, del período esclavista. Las southern belles eran esposas e hijas de los propietarios de las grandes plantaciones, mujeres que se beneficiaban directamente de la riqueza producida mediante la mano de obra esclava. El ideal de feminidad representado por ellas (delicada, grácil, pudorosa e inocente) se aplicaba únicamente a estas mujeres blancas, hechas para el matrimonio y la familia, en contraposición a las mujeres negras y racializadas, a las cuales ni siquiera se les solía reconocer autoconsciencia; no creo que haga falta que me explaye en el racismo “científico” de la época, ni en los horrores de la esclavitud. El arquetipo de la southern belle sobrevivió a la guerra junto a muchos otros residuos del período prebélico; su feminidad blanca, impecable y doméstica, pasó a ser un tesoro a proteger contra amenazas externas. Y después de la guerra, con la abolición (paulatina) de la esclavitud, los terratenientes blancos ya tenían claro cuáles eran esas amenazas: los nuevos hombres negros libres, que andaban por la calle tomando decisiones y que obviamente eran delincuentes sexuales esperando a agredir a las delicadas mujeres blancas. Las leyes habían cambiado, pero la mentalidad no. Y el clima para los hombres negros era extremadamente hostil.

Scarlett O’Hara, la Southern Belle por antonomasia. “Lo que el viento se llevó” es un muy buen ejemplo de Hollywood tratando de vender una versión edulcorada del Sur esclavista.

Éste es un capítulo incómodo en la historia de las mujeres, pero que es importante reconocer: en esa época, y hasta el día de hoy, la palabra de una mujer blanca tenía muchísimo más peso que la de un hombre negro o racializado (no digamos ya de una mujer ídem). Muchísimos hombres afroestadounidenses fueron brutalizados y ejecutados sin juicio por turbas enfurecidas bajo acusaciones de acoso, violación o a veces simplemente “sensación de amenaza” de mujeres blancas, tanto durante el esclavismo como después, en la época de la segregación. Las mujeres blancas eran la víctima perfecta; a los hombres negros se los construyó como una brutal amenaza que debía ser contenida a toda costa. (Huelga decir que los violadores blancos solían salirse con la suya siempre y cuando sus víctimas no lo fueran, y que la violación de las mujeres negras raramente se consideraba siquiera un crimen).

Esta violencia racial, heredera directo de la esclavitud, continúa viva a día de hoy, costándole el bienestar y la vida a muchas personas negras en Estados Unidos, Europa y otros lugares. No hay más que ver la diferencia de trato mediático y popular que han tenido recientemente Ana Julia Quezada, una mujer negra acusada de asesinato, y los cinco hombres blancos acusados de violación en grupo en el caso de “La Manada”.

En este contexto, es fácil ver qué alarmas iban a saltar ante el hecho de que Kanye West, un hombre negro, apartara bruscamente a Taylor Swift, una jovencita blanca, para protestar en un evento público. Los medios y la opinión pública se comieron vivo a West (al fin y al cabo, no era su primera polémica, ni sería la última) y posicionaron inmediatamente a Swift como víctima. La conversación en torno al racismo de la industria musical (que quizá habría cuestionado por qué, en efecto, se había premiado a Swift antes que a Beyoncé) se perdió entre el humo.

El siguiente álbum de Swift, “Speak now” (2010) contenía “Innocent”, una canción acerca de perdonar a alguien que te ha hecho daño porque aún es como un niño y “no sabe lo que hace”, con fuertes referencias al incidente con West (uno de los versos reza “tienes treinta y dos y aún estás creciendo”, siendo esa la edad de West en el momento de la controversia); Swift declararía después en una entrevista con la revista New York que “más que una canción sobre Kanye, quería escribir una canción para Kanye” (la estructura “agravio-canción” otra vez). Pero Swift también recibió algunas críticas: el tono condescendiente de la letra no le sentó nada bien a la comunidad afroestadounidense, que tiene un historial muy largo de ser infantilizada por el supremacismo blanco, y fue tildado de hipócrita por algunos medios, dado que venía de alguien famosa por lanzar ataques indirectos en sus canciones. Asimismo, la prensa empezaba a hacerse eco de que Swift parecía estar siempre escribiendo canciones sobre sus ex, y a preguntarse, maliciosamente, por qué todos sus novios la abandonaban.

 

Capítulo 3: Cuando Harry conoció a (la agencia publicitaria de) Taylor (2012-2014)

En 2012 Swift lanza su cuarto álbum, “Red”, que incluye, de nuevo, varias canciones de desamor y ruptura; no obstante, el tono era diferente. Canciones como “The moment I knew”, y “I knew you were trouble” ya no contaban historias de una niña inocente herida por hombres malos, si no de una joven capaz de darse cuenta de por qué estos hombres no le convienen (aunque no de enamorarse de ellos). Swift declaró que el álbum giraba en torno a las “relaciones semi-tóxicas que tuvo durante el período de concepción del disco”. La relación más longeva de ese período fue con el actor estadounidense Jake Gyllenhaal, a la que los medios le habían prestado, en comparación, poca atención. 

Dio la casualidad (aquí ya estoy especulando) de que Jake Gyllenhaal disfrutaba de muy buena reputación en el ojo público: no era miembro de una boyband (subestilo musical que se suele considerar inferior por gustar a chicas adolescentes) como Joe Jonas, ni mucho menos un polémico artista negro que había arremetido a gritos contra la MTV en televisión nacional, como Kanye West. Presentarlos como villanos de su historia había sido relativamente fácil, dado que la opinión pública ya estaba predispuesta contra ellos. Jake Gyllenhaal, blanco, budista y voluntario social, era otra cosa. Así que Swift y Gyllenhaal salieron y cortaron sin despertar demasiado interés.

Y entonces, en mitad del período de promoción de “Red”, apareció Harry Styles.

Harry Styles era entonces miembro de la boyband One Direction, y su relación con Swift fue muy mediática. Swift seguía siendo la Novia de América, mientras que Styles era el “chico malo” del pop británico: a los diecisiete años ya había protagonizado un escándalo al mantener una relación con la presentadora Caroline Flack, de treinta y uno, y al conocer a Swift, cumplidos los dieciocho (ella tenía veintitrés) ya tenía fama de mujeriego y juerguista. Se rumoreó que los papparazzi lo habían visto besando a otra mujer mientras aún salía con ella, y su ruptura, durante unas vacaciones de fin de año en las Islas Vírgenes Británicas, fue muy sonada; la imagen de Swift sentada sola en un barco después de romper, capturada por los papparazzi, le dio la vuelta al mundo. Swift y Styles habían salido juntos un mes y pico.

Después de esto, Swift reacomodó una vez más su narrativa. 

En el videoclip de “I knew you were trouble”, lanzado poco después, Swift es traicionada por un novio problemático con un estilismo y unos tatuajes muy similares a los de Styles. 

En la apertura de los premios Grammy de 2013, Swift interpretó su single “We are never ever getting back together”. En un momento de la canción, Swift finge hablar con sus amigas por teléfono sobre cómo su ex le dice “I still love you” (“todavía te quiero”) y ella lo rechaza; en el número de los Grammy, Swift dijo aquel “I still love you” con un marcado acento inglés. 

Ese mismo año acudió como nominada a los premios VMA y coincidió con One Direction. Recibió el premio a mejor videoclip de una artista femenina por “I knew you were trouble”, y en su discurso de aceptación agradeció al “chico que inspiró esta canción (tú sabes quién eres) porque gracias a ti ahora tengo esto” (haciendo referencia al premio). Una vez más, las redes y la prensa señalaron a Harry Styles; aun hoy es fácil encontrar centenares de artículos online que hacen referencia a la relación Swift/Styles y a cómo inspiró las canciones de “Red”. 

Nadie parecía acordarse de que el disco fue compuesto antes de que Swift y él se conocieran.

Para entonces, la fórmula ruptura-álbum estaba empezando a agotarse; además, en “Red” había empezado a coquetear con otros estilos fuera del country, como el dance, el dubstep y el pop, lo cual debilitaba su imagen de southern belle. Aunque les fans seguían siendo leales, las parodias y las críticas a su victimismo abundaban.

(Creo muy importante señalar que, por muy válidas que estas críticas pudieran ser, muchas surgían de la misoginia que suelen soportar las personalidades públicas femeninas, especialmente si hablan de temas románticos. No sería la última vez que pasara).

En un momento bajo de su imagen pública y con una narrativa que ya le costaba vender, Swift hizo algo que a día de hoy sigue haciendo: desapareció de los medios durante un tiempo. Llama la atención que una persona tan mediática, a la que los papparazzi siempre conseguían encontrar cuando estaba con sus parejas o haciendo algo profesionalmente relevante, tuviera tanta facilidad para desaparecer sin dejar rastro cuando lo necesitase.

 

Capítulo 4: El feminismo corto de café, gracias (2014-2017)

En 2014 salió su álbum “1989”, que supuso un giro importante para Swift tanto a nivel musical como narrativo. Con “1989” Swift abandonó definitivamente sus orígenes country para centrarse sólo en el pop, y presentó un cambio de imagen radical: se había cortado y alisado el pelo, y su vestuario y su maquillaje ahora eran más sexys, alejados definitivamente de la inocente chica sureña de hasta entonces. “1989”, además, sería el primer disco en que las canciones harían sutiles alusiones al sexo, cosa que habría sido impensable en la era anterior, e incluía “Blank Space”, una canción que parodiaba abiertamente la imagen de novia histérica que había proyectado en el pasado. Swift se mudó a Nueva York y se juntó con una pandilla de amigas, la mayoría modelos, con las que fue vista yéndose de fiesta; además, trabó amistad con Lena Dunham, creadora de la serie de televisión “Girls”.

El lanzamiento de “1989” coincidió con el alza del feminismo en el mainstream. Por primera vez, Swift se declaró abiertamente feminista, y manifestó su arrepentimiento por haber escrito en el pasado canciones que atacaban a otras mujeres, como “You belong with me” y “Better than revenge”. También denunció las críticas que había recibido anteriormente por basar su carrera en sus relaciones sentimentales, y las acusaciones de “devorahombres” y “exnovia loca”, señalando que un comportamiento similar en un hombre no habría recibido el mismo odio. Swift ya no era una ingènue de Nashville; ahora era una mujer independiente, y un icono feminista para las chicas jóvenes.

En esta línea de mostrar madurez y asumir responsabilidad sobre su vida, Swift se reconcilió públicamente con Kanye West, con quien no había tenido contacto desde el incidente de los premios MTV. También empezó una relación con el dj Calvin Harris que duraría más de un año (la más longeva hasta la fecha). Esta narrativa de renacimiento no estuvo, sin embargo, exenta de crítica: ciertos sectores del feminismo (mujeres racializadas, sobre todo) acusaron a Swift de estar proyectando un feminismo blanco muy limitado y sólo beneficioso para mujeres privilegiadas, como ella y sus amigas modelos. Pese a esto, el álbum vendió más de un millón de copias sólo en su primera semana.

El catorce de febrero de 2016, Kanye West lanzó su álbum “The life of Pablo”, que contenía la canción “Famous”. Nada más empezar el tema, West rapea “I feel like me and Taylor might still have sex. Why? Because I made that bitch famous” (“Aún creo que Taylor y yo nos acostaremos. ¿Por qué? Porque yo hice famosa a esa zorra”). Estalló un escándalo mediático debido al machismo de la letra y el ataque directo a Swift, especialmente después de su reciente reconciliación; West se defendió diciendo que lo había hablado con ella personalmente y había recibido su aprobación. Swift negó haber escuchado la canción; luego declaró que sí conocía la letra y que le había advertido a West que era mala idea lanzar una canción tan misógina. West y su esposa, la influencer Kim Kardashian, siempre afirmaron que tenían pruebas de su visto-bueno.

En el videoclip de “Famous”, Kanye West aparece en la cama rodeado de muñecos que representan a varias celebridades desnudas: desde la propia Swift hasta Donald Trump.

Sólo un día más tarde fue la ceremonia de los Grammy, en los que Swift recibió tres premios, incluyendo el prestigioso “Álbum del Año” por “1989”; durante su discurso de aceptación, Swift dijo “como primera mujer en ganar dos veces Álbum del Año, quiero decirle a todas las mujeres jóvenes que siempre habrá quien tratará de hacer de menos vuestros logros, o llevarse todo el crédito de vuestro triunfo y vuestra fama […] pero al final sabréis que habéis sido vosotras y vuestros seres queridos quienes os han puesto donde estáis”. La prensa y la opinión pública se volvieron de inmediato contra West; volvía a ser 2009 y Kanye trataba de robarle algo a Taylor, mientras ella sobrevivía el ataque con dignidad.

En junio de ese año Kim Kardashian filtró a través de su Snapchat una serie de vídeos en los que se veía a West conversando por el manos libres con Swift sobre la letra de la canción. En éstos, West le lee el verso en cuestión a Swift, y le dice que considera importante obtener su consentimiento antes de lanzar el sencillo, dada su amistad (“las relaciones son más importantes que las frases guays”, dice West), y Swift replica que el verso le parece “gracioso” y “halagador” y que “seguro que vuelve loca a la prensa, que pensará que nos hemos peleado de nuevo, pero resultará que no”.

Swift contraatacó afirmando que West nunca le reveló que la llamaría “zorra” (lo cual, en honor a la verdad, no se llega a ver en los vídeos); no obstante, al haber sido descubierta mintiendo sobre el resto del asunto, su credibilidad estaba en entredicho.

Ese mismo mes y en mitad de la polvareda de “Famous”, Swift cortó con Calvin Harris. “Fuentes cercanas a la artista” declararon a la prensa que fue él quien terminó porque se sentía “intimidado por su éxito”, y que uno de los motivos de la ruptura fue que Harris no quiso darle crédito a Swift por coescribir “This is what you came for”, colaboración de Harris y Rihanna en la que Swift aparecía acreditada con un seudónimo.

Harris se defendió en un hilo de Twitter, declarando que fue ella la que pidió aparecer bajo seudónimo, y acusando a las “fuentes cercanas a la artista” de ser, en realidad, la agencia publicitaria de Swift. Harris hizo también referencia a la presunta rivalidad de Swift con la cantante Katy Perry, diciendo “sé que no estás de tour y necesitas a alguien a quien enterrar como hiciste con Katy, pero no seré yo”, e instándola a “centrarse en su nuevo novio” y dejarlo en paz.

Foto de papparazzi. Casual. No sabían que los estaban observando.

El “nuevo novio” al que se refería era el actor británico Tom Hiddleston, con quien Swift empezó a salir dos semanas después de cortar con Harris. Al panorama ya turbio de la pelea con Harris se añadió la incomodidad de esa nueva relación, que desde sus inicios tuvo aspecto de maniobra publicitaria: las fotografías casuales captadas por los papparazzi parecían ensayadas, por no hablar de la infame camiseta de “I love TS” que lució Hiddleston en la fiesta del Cuatro de Julio de Swift.

Tom. Que tú has hecho Shakespeare. TOM.

En el transcurso de un solo año la nueva imagen feminista y empoderada de Swift había vuelto a saltar por los aires y por primera vez había evidencia de sus intentos de manipular a la opinión pública y de convertir a alguien en el villano de su narrativa. Harris había dejado caer que Swift intentaba tomar el control de la imagen de su ruptura haciéndolo quedar mal; los West-Kardashian tenían pruebas gráficas de que, a pesar de haberse intentado vender como icono feminista, le había dado su aprobación a una canción abiertamente machista, y de que, ante la reacción negativa del público, había tratado de culpar exclusivamente a West, confiando en que, como la última vez, la audiencia correría a proteger a la inocente chica blanca. Pero los tiempos habían cambiado, y su imagen también: los comentarios y respuestas de sus redes sociales se llenaron con el emoji de la serpiente, acusando a Swift de ser una víbora.

(Por supuesto, los insultos misóginos no faltaron, porque las mujeres no podemos ser malas a secas sin que el patriarcado monte una fiesta. Pero creo que eso ya lo sabíamos)

Ante semejante panorama, Swift repitió la maniobra que ya le había funcionado antes: desapareció de los medios durante una temporada. Poco después se hizo oficial que ya no salía con Hiddleston.

 

Capítulo 5: ¡Mira lo que me has obligado a hacer! (2017-…)

Swift no volvió a llamar la atención hasta agosto de 2017, cuando empezó a promocionar su siguiente álbum, y lanzó el primer single oficial, “Look what you made me do” (“Mira lo que me hiciste hacer”). La letra de la canción hacía claras referencias al escándalo con West y Kardashian, acusándolos de manipuladores, y afirmándose como una luchadora que había sobrevivido a sus intentos de ponerle la zancadilla.

Es el videoclip, no obstante, el que está repleto de referencias: Swift aparece sentada en un trono rodeada de serpientes vivas, entrenando a un ejército de modelos prefabricadas para que sean “su pandilla”, o surgiendo como un zombi de una tumba en cuya lápida se lee “Aquí yace la reputación de Taylor Swift”. Como ya había hecho antes con “Blank Space”, se estaba reapropiando de las críticas recibidas para presentar una historia de renacimiento del fénix. De hecho, a lo largo del videoclip diferentes clones de la cantante, que llevan los atuendos de sus videoclips antiguos, pelean y discuten; justo al final, una de ellas (la que sostiene un premio) coge el micrófono para repetir una frase que ya había usado para defenderse durante el escándalo de “Famous”: “me gustaría mucho que se me excluyera de esta NARRATIVA”.

(Los otros clones contestan “¡Cállate!”)

Su nuevo álbum, lanzado en noviembre de 2017, se llamó, apropiadamente, “Reputation”.

 

 

La historia de Taylor Swift (tal y como Taylor Swift quiere contárnosla) continúa. A pesar de lo cuestionados que han sido sus métodos, de las pruebas que hay de cómo ha manipulado la opinión pública en su beneficio y de cómo sólo ataca cuando sabe que puede ganar, sus fans continúan siéndole leales, sus discos se continúan vendiendo, y su caché sigue por las nubes.

¿Por qué? ¿Por qué les fans de Swift siguen dispuestes a creer en ella? ¿Por qué, a pesar de la cantidad de veces que ha quedado en evidencia, la narrativa de Taylor Swift sigue siendo efectiva, y moviendo millones?

Obviamente sus privilegios tienen mucho que ver. Es blanca, heterosexual, y proviene de una familia con recursos. Cualquier persona que no sea ninguna de esas tres cosas lo habría tenido varias veces más difícil para alcanzar un éxito similar al suyo (el único caso que se me ocurre es Beyoncé, y no sé qué habría sido de ella si se le hubiera ocurrido ser lesbiana). Pero hay algo más aquí. Y es que Swift ha mantenido desde el principio las riendas emocionales de sus fans dentro del puño.

Swift es tan cariñosa con sus fans como implacable ha sido siempre con sus rivales; al igual que ajusta al milímetro su imagen pública para que encaje con el disco que está promocionando en ese momento, es una maestra en demostrar su afecto de forma efectiva. Sigue a algunes fans elegides por redes sociales, les felicita el cumpleaños, incluso les envía ocasionalmente regalos personalizados. No es sorprendente que, confrontades con los hechos de la manipulación que Swift ha hecho de su propia imagen, sus fans prefieran pensar que se trata de envidia, machismo o rivalidad; al fin y al cabo, hay briznas de verdad en todas esas cosas, y ¿cómo alguien que es tan amable, que escribe canciones tan bonitas, podría hacer algo tan… cuestionable? Como decía al principio del artículo, los seres humanos tendemos a tomar decisiones con las emociones antes que con la razón, y la lealtad se consigue con comida y cuidados, no con información.

Y Taylor Swift es sólo un caso entre muchos.

Sería fácil despreciar la relevancia de todo esto. Por ser Swift mujer, por hacer pop, por tratarse de “chismes de famosos”, por estar fuera de nuestros intereses. ¿Qué importancia tiene para nosotres? ¿Qué más nos da?

Si he llegado a una conclusión después del (agotador) proceso de reconstruir la carrera de Taylor Swift, es ésta: las historias tiene poder sobre nosotres. El poder de hacernos sentir, creer y decidir. Y ese poder está en manos de quienes lo crean. Swift es buena en lo que hace, nos guste o no. Sus canciones han tocado el corazón de millones de personas, las han hecho llorar, sonreír, sentirse empoderadas y valientes. Independientemente de la opinión que yo pueda o no tener sobre Swift, lo cierto es que mientras me documentaba para este artículo me he descubierto a mí misma varias veces cantando “Blank Space” en la ducha, y coreando en voz alta “Look what you made me do” (cuyo título parece sacado del capítulo 1 del Manual del Maltratador), deseando secretamente dedicársela a alguien que me ha hecho mucho daño antes de clavarle mi tacón de aguja en la entrepierna.

(Cosa que JAMÁS ocurriría.

Porque yo no uso tacones de aguja.

Ahem.)

Y esa es exactamente la reacción que Swift planeó al componer y vender esas canciones. Yo soy consciente de ello, sé lo que está haciendo, y sin embargo no puedo evitar que, en palabras del inmortal Jake Peralta, “me haga sentir cosas”. Imaginaos lo vulnerable que sería a su poder si no fuera consciente de sus intenciones. O peor, si me creyera demasiado inteligente como para tener que protegerme de ellas. Lo mismo pasa con las otras narrativas que pueblan nuestra vida: la prensa, la publicidad, las enseñanzas de nuestra familia.

O las historias de ficción.

La ficción es arte, y el arte es el camino más rápido para meter una idea directamente en el cerebro de alguien. Toca las cuerdas de nuestras emociones, y mientras lloramos con los personajes a los que hemos aprendido a querer, le abrimos la puerta sin darnos cuenta a sus valores y creencias. Las historias que amamos dan forma a nuestro subconsciente, a nuestros deseos y a nuestra ideología, tanto o más que el discurso político o el marketing. Las personas que crean ficción tienen en las manos ese inmenso poder transformador del que hablábamos.

Y es gracioso porque la mayoría parece que no se ha enterado XD

Yyyyyy de eso es lo que hablaré en mi próximo artículo, que saldrá el mes que viene, si éste no me ha matado por el camino (jaj). De momento podéis huir de este infierno. Y ya sabéis: si os ha gustado, si os ha encantado, si lo odiáis con un odio ardiente o si queréis añadir algo, ¡like! ¡Compartir! ¡Comentar!

 

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