Apología del selfie

Advertencia: en este artículo se tratarán temas de salud mental, y habrán menciones breves al suicidio.

 

Vaya, hacía tiempo que no escribía un artículo con un título potencialmente incendiario. Ruego sepan perdonar, estas cosas pasan.

Selfie es un préstamo lingüístico del inglés, donde es, a su vez, un neologismo. Viene de self-portrait, autorretrato, y, como su nombre indica, define una fotografía que una persona hace de sí misma. Aunque el ser humano lleva siglos haciendo autorretratos, el selfie es un fenómeno moderno debido a sus características particulares: quién lo hace, cómo lo hace, con qué medios y en qué circunstancias. Son todas esas características las que, además, han convertido al selfie en un estandarte de la posmodernidad.

(Inciso: ¿qué es la posmodernidad? Lo que viene después de la modernidad 😀

Natalie Wynn lo explica muy bien aquí [minuto 11:19 en adelante])

Allá a donde vayas, hagas lo que hagas, es muy probable que te encuentres con alguien estirando el brazo para poder captarse la cara con la cámara de un smartphone. Ni siquiera es necesario que te circunscribas al Primer Mundo, a diferencia de lo que pudiera parecer (los costes tecnológicos cada vez se abaratan más, en contraste a los costes de la comida y la vivienda). Pero si hay algo que podemos decir del selfie es que es un estandarte de la posmodernidad que no cae demasiado bien.

…de hecho el término “posmoderno” ya tiende a caer mal de por sí, imagínate si le añades a una persona joven haciéndose un selfie XD

Del selfie se dicen muchas cosas, y pocas son bonitas. La impresión general es que es una muestra del egocentrismo de nuestros tiempos; diferente, supongo, al egocentrismo de hace quinientos o mil años. Se suele presentar como un síntoma de la debilidad espiritual de la generación millennial y la generación Z (ambas confundidas hasta la saciedad, quizá porque la palabra “millennial” da más rabia, vaya usted a saber): gente hipersensible, absorbida por su propio ego y obsesionada con proyectar una imagen falsa de sí misma, en lugar de… bueno, no tengo muy claro qué quieren que hagamos. ¿Que consigamos un Trabajo De Verdad? No te jode, Paco, yo también quiero uno.

Pero divago. La principal acusación que se hace contra el selfie es que es un acto de vanidad. Que hacerse fotos con regularidad denota una hiperfijación por la propia apariencia, una preocupación por el propio rostro que no deja espacio para nada más. La gente que se hace selfies constantemente, dice el imaginario popular, es presumida. Es vanidosa.

 

Vanidad

El término “vanidad” proviene del latín clásico vanitas, y significa originalmente “futilidad” o “inutilidad”. Durante la Antigüedad y buena parte de la Edad Media ése fue su significado: la vanidad no era soberbia, si no todo aquello que no tenía trascendencia ni utilidad real. Aún nos queda un resto de esta acepción original en el castellano actual, por ejemplo cuando decimos que hemos hecho algo “en vano”, es decir, que nuestros esfuerzos no han servido de nada. En la teología cristiana, la vanidad son todas aquellas cosas terrenales (fama, riquezas, belleza, amor carnal) que no podemos llevarnos a la tumba y que por ende son superficiales y no deben preocuparnos: es la vida eterna junto a Dios, que podemos ganar practicando la virtud mientras vivamos, lo que realmente importa. En Europa, durante el barroco, estuvieron muy en boga las pinturas de tipo vánitas, unas precursoras de los bodegones modernos que retrataban diversos símbolos de la superficialidad y futilidad de la vida material: abundaban las joyas, las armas y los libros, pero también los cráneos, las burbujas de jabón, los relojes de arena y las velas recién apagadas, alegorías de la fugacidad de la vida y la proximidad de la muerte.

(Como apunte interesante, aunque desde la sensibilidad actual esta insistencia en la vanidad de los placeres mundanos y la cercanía de la muerte puede parecer opresiva o lúgubre, también fue el estandarte de varios movimientos antiautoritarios de las edades Media y Moderna. Si el poder y la riqueza son vanos porque al final todo el mundo muere y ha de responder ante Dios, la supremacía de reyes, emperadores y papas también es vana. Y entonces es cuando la cosa se pone interesante)

No obstante, aunque conservamos este significado de la palabra “vanidad”, no es la fugacidad de la vida lo que nos viene a la cabeza cuando la pronunciamos. Con el tiempo, la palabra usada para designar las cosas mundanas pasó a significar también la preocupación excesiva por dichas cosas mundanas, especialmente el propio ego: la vanidad empezó a fusionarse con la soberbia, uno de los pecados capitales, y una persona vanidosa pasó a ser alguien enamorado de sí mismo, obsesionado con su reputación y su apariencia externa, y no tanto con los aspectos espirituales e intelectuales de la vida. Igual que ahora se acusa a la gente vanidosa de estar todo el tiempo subiendo selfies a Instagram para admirar su propia imagen (y obligar a otres a admirarla también), esta nueva noción de vanidad incluía mirarse demasiado al espejo y gastar cantidades indecentes de tiempo, dinero y energía en adquirir y desplegar objetos destinados a dar una impresión banal de belleza y prestigio: ropa de tejidos costosos, perfumes, cosméticos.

Todo el mundo es susceptible de ser víctima de la terrible plaga de la vanidad, pero creo que no hace falta que señale que las acusaciones de pasar demasiado tiempo ante el espejo y obsesionarse con la propia belleza se asocian con un grupo muy concreto de la población.

En efecto, con las mujeres. Veo que ya nos vamos conociendo.

 

Género

A las mujeres se las lleva acusando de vanidosas durante siglos de una manera muy concreta que no se suele usar con los hombres. Aunque, como he mencionado varias veces, las formas que adopta la misoginia han ido variando con el paso de los siglos (a veces éramos víboras lascivas y otras, delicadas flores de cerebro infantil), esta acusación vuelve a la superficie una y otra vez, desde los filósofos griegos hasta el aterrador colectivo incel, pasando por obras medievales como el Espill de Jaume Roig. Las mujeres están obsesionadas con su aspecto. Las mujeres se miran demasiado en el espejo. Las mujeres gastan cantidades obscenas de dinero en peluquería, maquillaje, tratamientos corporales. ¿Y todo para qué? Para fingir ser alguien que no son. Para engañar a hombres incautos con una apariencia prestada, haciéndoles creer que son más bellas (y por ende, más dignas de amor y admiración) de lo que son en realidad. Ahí está el chiste cruel de que hay que invitar a una mujer a nadar en la primera cita para que se le derrita el maquillaje y puedas ver su verdadero aspecto, no sea que cometas el espantoso error de enamorarte de una fea. Lo cual revela lo contradictorio de este pensamiento: una mujer sólo se merece atención si su aspecto cumple ciertos estándares estéticos, pero si se la ve invirtiendo tiempo y esfuerzo en cumplirlos pasa a ser una presumida insufrible.

Nuestra cultura juzga duramente a las mujeres en función de su belleza, llegando incluso a desestimar el trabajo profesional de una mujer si su físico no es tan placentero a la vista como debería, pero al mismo tiempo se indigna de que las mujeres, en consecuencia, derivemos buena parte de nuestra autoestima del aspecto externo. La “belleza femenina” (la versión occidental y heterosexual de dicha belleza) se considera un tema válido a representar y glosar en el arte… siempre y cuando sea un hombre el que la admira desde afuera. Generaciones de poetas y artistas han pintado rostros, cuerpos, desnudos femeninos, han encontrado las metáforas más delicadas para hablar del cabello, los ojos, los pechos de su musa, y han recibido premios y admiración por ello.

(otro día hablaremos de por qué nos escandalizamos cuando Maluma habla del cuerpo de una señora pero se nos cae la baba cuando Rubén Darío hace lo mismo)

Puede que hayan múltiples capas de filosofía y teoría del arte por encima, pero buena parte del arte occidental consiste en hombres mirando y representando mujeres porque sienten placer al contemplarlas. Que un hombre te encuentre bella está bien.

Que tú misma te encuentres bella, no. Eso es de vanidosas.

La lección de que la belleza es lo más importante para una mujer, pero que jamás debe demostrarlo, se aprende desde muy temprano. Las niñas observamos a nuestras madres pellizcarse los muslos y tirar de sus arrugas con horror, lamentándose de lo repulsivas que son, pero sólo entre amigas, nunca delante de hombres adultos. Aprendemos que la respuesta correcta ante un piropo es sonrojarse, mirar al suelo y contradecirlo con delicadeza; que jamás debes darle la razón a un hombre que te llama guapa. Las heroínas de las novelas juveniles que leemos son siempre bonitas de la manera más normativa posible, pero se castigan una y otra vez por no serlo. «Nunca me he considerado guapa». «Mi aspecto es más bien vulgar». «Estoy demasiado delgada». «Ojalá fuera sexy, como este otro personaje femenino».

Georges Seurat plasmó tres desnudos femeninos en este cuadro y lo llamó “Les Poseuses”. En francés, “poseuse” significa “modelo”, pero también “pretenciosa”.

Y nos enojamos con ellas, por estúpidas. Por lloriquear sin motivo. Por lamentarse de que son feas cuando es obvio que no lo son, buscando que el interés amoroso corra a corregirla, a jurarle apasionadamente que es la mujer más bella de la tierra.

Las muy vanidosas.

Se nos olvida que nosotras hemos padecido esa misma falta de autoestima. Que hemos deseado desesperadamente ver nuestra propia belleza en ojos ajenos. Que también hemos odiado nuestro propio reflejo.

Y que, en las raras ocasiones en que nos hemos despertado sintiéndonos guapas, hemos huido de ese espejo que tanto nos ha castigado y hemos posado para nuestra propia cámara, guardando el autorretrato resultante como un amuleto contra el horror de ser fea y por ende no merecedora de amor.

O, a veces, contra las pesadillas que duermen bajo nuestra cama.

 

Salud mental

El ser humano es uno de los pocos animales capaces de reconocer su propia imagen. La mayoría de criaturas con las que compartimos el planeta tienden a asustarse e incluso a atacar su reflejo, creyendo que se trata de otro animal. El reconocimiento de nuestra propia imagen está íntimamente ligado a nuestra percepción de nosotres mismes como seres diferenciados del resto, con una vida, necesidades y personalidad propias. No es extraño que nos preocupemos por ella, y que incluso disfrutemos jugando con ella. La búsqueda de materiales reflectantes que nos devolvieran una imagen fidedigna de nuestra cara fue una fijación humana durante siglos. Los espejos eran codiciados artículos de lujo, las clases dirigentes gastaban tiempo y dinero a espuertas para dejar retratos suyos a la posteridad, y el deseo de inventar una máquina que consiguiera capturar imágenes reales y congelarlas en el tiempo data de mucho antes de la aparición de los primeros daguerrotipos (no es coincidencia de que la tendencia mayoritaria en la pintura de finales del siglo XIX fuera el hiperrealismo, pero diera un viraje brusco a las vanguardias justo después de la aparición de la fotografía). Incluso hoy en día, teniendo al alcance de la mano software de edición que puede hacer nadar a una ballena entre los rascacielos de Shanghai y hacer a Jennifer Hudson hablar con la voz de Steve Buscemi, seguimos riéndonos con los espejos deformantes de las ferias y los filtros de Snapchat que nos ponen orejas de perro. Somos una especie fascinada con nuestra propia imagen, y no es para menos. Cuando echamos mano al espejo y a la cámara los estamos interrogando sobre quiénes somos.

No obstante, las imágenes que ambos objetos devuelven son distintas, y muchas veces tienen un peso diferente en nuestra consciencia.

Y no, no es sólo porque una está vuelta del revés y la otra no.

Durante siglos, los métodos para reflejar o capturar la propia imagen han estado, como hemos visto, al alcance de una pequeña minoría, e incluso cuando la aparición de la cámara fotográfica empezó a acercar la experiencia a las clases más bajas hacerse un retrato solía ser un gran evento que sólo ocurría un par de veces en la vida, para inmortalizar los hitos más relevantes: nacimientos, matrimonios, presentaciones en sociedad. Pero el proceso fotográfico fue haciéndose cada vez más económico, los materiales se abarataron, la cámara familiar hizo su aparición y los estudios de revelado invadieron las ciudades. Poco después aparecería una de las máquinas más revolucionarias a nivel social de los últimos años: el smartphone, un teléfono con conexión a internet… y cámara.

La generalización de la cámara, ayudada por el estallido de internet y las redes sociales, ha democratizado brutalmente el acceso a la autoimagen. Poseer una imagen de ti ya no es un lujo inalcanzable, una costosísima pieza de decoración que colgar sobre la chimenea para impresionar a tus visitas, si no un acto banal, inmediato, que casi cualquiera puede hacer. La hija de quince años de la peluquera que pasa las tardes sentada en el portal puede hacerse selfies con la misma facilidad que el rico gurú de las finanzas con veinte mil seguidores en Instagram. Puede que sus vidas estén a kilómetros de distancia, que la diferencia de calidad de sus teléfonos y de su conexión a internet es abismal, pero ambes pueden hacer exactamente lo mismo: capturar una foto de su rostro (o de cualquier otro paisaje de su vida) y compartirla con millones de personas en tiempo real.

Estas nuevas reglas del juego también han vinculado el ámbito íntimo al público de una manera más directa. Cuando retratarse era caro, nuestras imágenes eran ficciones cuidadosamente planificadas en las que llevábamos nuestra mejor ropa (o incluso ropa que no existía, creada por la imaginación de le artista para embellecer el conjunto) y seleccionábamos qué objetos iban a acompañarnos, ya fuera por su simbolismo o su estética, siempre con el conjunto final en mente. Nadie pretendía que un retrato fuese una captura cruda de la realidad íntima de una persona. Te hacías un retrato para que te vieran, y que te vieran exactamente como tú querías que te vieran.

La inmediatez del internet, por su parte, exige autenticidad, aunque sea, como han señalado youtubers como Lindsay Ellis y Jaime Altozano, fabricada. Aunque el auge de Instagram y otras redes han traído la aparición de les influencers (que son, al final, profesionales de la autoimagen), el público que puede vernos espera que nos mostremos con un mínimo de honestidad. Esperan que les instagrammers se sinceren sobre sus enfermedades y horas bajas, que les youtubers lloren al hablar de los traumas de su pasado, que usen la cámara como una puerta abierta a una intimidad que podamos vivir de manera vicaria. En la era de las redes sociales, la democratización de la autoimagen ha supuesto también una democratización del espacio que podemos ocupar en el mundo. De quiénes podemos ocuparlo. Y de qué se nos permite mostrar, de qué podemos hablar, qué imágenes hasta ahora escondidas tras el decorado del estudio fotográfico pueden ver la luz.

Y aquí entra uno de los temas millenials por excelencia: la salud mental.

Saltémonos las acusaciones constantes que recibe mi generación de inventarse trastornos o exagerar inconvenientes leves sólo para llamar la atención (hechas por personas que nunca pudieron hablar de sus problemas mentales y creen que están “bien” incluso cuando no lo están) y hablemos directamente de la depresión y otros monstruos. Uno de los primeros síntomas de mala salud mental es que perdemos nuestro sentido de nosotres mismes: nos cuesta recordar quiénes somos y qué queríamos, qué nos hacía felices, cuáles son nuestras prioridades. A veces, literalmente, no somos capaces de reconocer nuestra propia cara en el espejo. No en balde diversos medios visuales utilizan el recurso de mostrar a un personaje mirándose en el espejo con ojos vacíos para comunicar sin palabras que está deprimido. En dos historias tan distintas entre sí como Verbo (2011), película de Eduardo Chapero-Jackson, y The Sandman, cómic guionizado por Neil Gaiman, aparece en algún momento una dimensión alterna plagada de espejos, cada uno de los cuales corresponde al espejo real de alguien que ha perdido la esperanza y/o está pensando en suicidarse. La experiencia de sentir desconexión entre nuestra realidad exterior (la imagen) y nuestra realidad interior está lo suficientemente generalizada como para que captemos el mensaje. Incluso aunque no hayamos caído a lo más profundo, a veces la vida nos pesa y al mirarnos al espejo para lavarnos la cara por la mañana nos quedamos mirando fijamente a la imagen congelada sobre el vidrio y nos preguntamos quién carajo es y por qué estamos haciendo esto.

Un selfie, por contra, requiere de una decisión activa. No es una imagen fija en la pared, no es el espejo que siempre te mira aunque tú no quieras mirarlo. Tenemos que decidir tomarlo, y podemos poner las reglas de cómo hacerlo y cómo va a aparecer ante el resto de personas: es una toma de control no sólo sobre nuestra imagen, si no sobre los efectos de ésta. Varias veces me he cruzado con selfies de personas con agorafobia, conmemorando que han conseguido salir de casa e ir a comprar al supermercado; o de personas con esquizofrenia, que los usan para separar realidad de alucinaciones (las alucinaciones no salen en las fotos). El acto de capturar tu propia imagen cuando sientes que todo, incluso tú, se está emborronando y desapareciendo, es más tranquilizador de lo que parece.

En la memoria de mi teléfono hay una carpeta enorme llena de selfies de una época en la que padecí ansiedad aguda. Cada vez que tenía un ataque, se me contraía el estómago y cortaba la respiración y estaba convencida de que el suelo se hundía bajo mis pies; actos totalmente cotidianos como llamar por teléfono a una oficina de atención al público o hacer acto de presencia en mi trabajo me producían el pánico que normalmente se reservaría a quedarse colgando de un precipicio. Lo peor era que una parte de mi cerebro sabía que era absurdo estar considerando atravesar una ventana con la cabeza sólo para no tener que explicarle el past perfect a una inofensiva señora de sesenta años, pero dicha parte quedaba atrapada bajo los alaridos de mi amígdala, convencida de que el mundo estaba por acabarse. En momentos así, cuando mi pulso disparado y mis pulmones hiperventilando conseguían que me flotara la cabeza como si estuviera separada de mi cuerpo, sacaba el teléfono y le hacía una foto a mi cara. En la mayoría de ellas salgo con los ojos como huevos duros y una expresión general de disgusto, pero solían cumplir su función: devolverme a la tierra. Ahí estaba mi cara, y justo debajo mis hombros, y la ropa que me había puesto esa mañana, y más allá la calle en la que caminaba, o las paredes del aula donde trabajaba, la luz del sol, las pilas de papeles, la fotocopiadora de la academia. Mi imagen encuadrada en mitad de todos aquellos elementos cotidianos era un recordatorio de que el mundo no se había reducido al horror que yo sentía, y que desde luego no se estaba cayendo a pedazos. Sólo era una sensación, y desaparecería. Yo seguía allí. Aún tenía cuerpo, aún tenía rostro. No era mi enfermedad. Seguía siendo yo.

Si alguien se hubiera cruzado conmigo en esos momentos, con el brazo estirado, la cámara lista y cara de concentración, quizá hubiera pensado que yo era una vanidosa. «Ahí va otra millennial, siempre con el telefonito pegado a la mano. Estará obsesionada consigo misma».

Pero, como siempre, había mucho más detrás de lo evidente. Suele ocurrir con las imágenes.

 

But first, lemme take a selfie!

Después de haberle dado vueltas a este asunto durante varios años, me quedo con la impresión de que lo que realmente ofende del selfie no es su encarnación de la vanidad, si no su democracia. Cada vez más gente  que antiguamente tenía vetado el acceso a la palestra pública puede poner no sólo su imagen, sino la autopercepción que viene con ella, en el mundo. «Aquí estoy yo, y soy así. Esto me gusta. Esto me atormenta. Puedes negar la importancia de mi existencia, pero no puedes negarme a mí: ya me has visto». La gente con problemas de salud mental es sólo una pequeña fracción de ese nuevo contingente: personas discapacitadas, racializadas, gordas, queer y un largo etcétera ahora tienen el poder de reclamar el derecho a la autoimagen y a todos los beneficios que conlleva, como la autoestima, la belleza y la capacidad de escribir su propia historia. Incluso las mujeres podemos subvertir el estatus pasivo de modelo y musa capturando nuestra imagen con nuestras propias reglas para reapropiárnosla y afirmar que, en efecto, los artistas tenían razón, somos preciosas, pero nuestra belleza no es para su consumo. Ya no tenemos que esperar a que otres se acuerden de retratarnos, si es que lo hacen, ni conformarnos con cómo nos definan: podemos insertar nuestros cuerpos en el mundo visual y describirnos sin ayuda, incluso aunque eso perturbe o amenace la narrativa predominante. 

Habrá quien dirá que bueno, que un selfie se puede usar para cosas buenas como éstas, pero sigue siendo un vehículo de la vanidad en otros casos. Y tendrá razón. Pero lo mismo se puede decir de un automóvil. Y también habrá quien se quejará de que, con la ubicuidad del selfie y la saturación de imágenes, cualquier retrato se vuelve obsoleto y pierde su significado, pero personalmente encuentro que esto es más una racionalización del disgusto que un motivo real. ¿El que algo se generalice lo hace malo, aunque antes fuera neutro? ¿Debería existir acaso una cantidad limitada de selfies que puedan tomarse a la vez? ¿Quién decide a quién se le consiente sacar la cámara y clavar su imagen para siempre en los ojos del público?

Igual que se nos hace difícil asimilar algo que no tiene nombre, es muy difícil visualizar algo que no tiene imagen, o que ha sido descrito por alguien que no lo comprende. Si una imagen vale más que mil palabras, la capacidad de capturarla es una voz. Y hay mucha gente en este mundo que aún tiene pendiente reclamar la suya.

Ah, y por cierto: #ihatemondays #nomakeup #catsofinstagram

 

Si has llegado hasta aquí y te gustaría seguir leyendo cosas similares, considera echarme unas monedas en el sombrero. Te amaré por siempre. Apofis también.

4 comentarios sobre “Apología del selfie

  1. Nunca se me había ocurrido que un selfie tuviera ese poder que mencionas respecto a la salud mental. Quizás porque a mí nunca me han gustado demasiado las fotos, ni hacerlas ni salir en ellas, así que para mí es más una fuente de problemas que una solución. Por otro lado, sí había oído que puede resultar empoderador (¿se dice así?) para las mujeres porque nos permite definir nuestra propia belleza. Lo que sí reconozco es que hacerse selfies es todo un arte, sobre todo si no tienes materiales especiales para ello (trípodes, palos selfie, etc.) Conseguir que en un selfie se vea lo que tú quieres y disparar con una sola mano es más complicado de lo que parece. O será que yo soy una mala millennial y me falta práctica, jajajaja.
    Solo tengo una queja con respecto a los selfies. Bueno, y no solo a los selfies, sino cualquier foto que implique la cara de alguien: creo que se les da una importancia excesiva en las redes sociales. Despotrico muchísimo de esto, pero me fastidia que la gente tenga más tiempo y ganas de dar corazoncitos o incluso comentar (!) cuando subo una foto mía que cuando comparto algo escrito por mí o un vídeo cantando. Tardo un segundo en lo primero, mientras que las otras dos cosas fácilmente pueden llevarme toda una tarde de esfuerzo o hasta varios días. Así que, en mi opinión, no es que la gente se haga selfies por vanidad, sino porque el resto del mundo les empuja a hacerlo.
    Por cierto, muy majos Apofis y tú. ¿Cómo demonios has conseguido que no se te vea el brazo?

    1. Obviamente los selfies y las fotos en general tendrán diferentes efectos en diferentes personas; esto era sólo un análisis de conceptos (y además yo siempre me he llevado bien con las cámaras, así que soy parcial ^^U). En efecto, hacerse un buen autorretrato no es fácil, y como dices tú es todo práctica. Y hacerse sesenta fotos y saber que en cincuenta y cinco vas a parecer un langostino, eso también XD

      Entiendo que la parcialidad del público hacia las fotos puede ser muy frustrante. Imagino que, al menos en parte, es porque dar like a un selfie es una interacción muy sencilla y rápida (como un saludo visual, “hola” “hola”), pero consumir, digerir y comentar con algo que valga la pena un trabajo artístico como puede ser la literatura o la música es mucho más jodido, y muchas veces acabamos por no decir nada (a mí me pasa). Si a eso le sumamos la rapidez con la que el contenido aparece y desaparece y la necesidad de capital social que tenemos les artistas… sí, puede ser un problema.

      Ah, y muchas gracias X3. No se me ve el brazo porque hice trampa y tomé la foto desde la cámara del portátil en lugar de con el teléfono (no me juzgues muy duramente, había sido un día largo y estaba cansada ^^U)

  2. Hola guapísima. Hace un montón de tiempo que no podía pasarme por aquí y, cuando al fin llego me encuentro con una extraordinaria coincidencia. Justo el sábado pasado, al volver de Santiago, vi tomar el selfie que más me ha impresionado en la vida y, a lo largo de la semana le he estado dando alguna que otra vuelta a qué lleva a un peregrino solitario, en la cincuentena, a detenerse en el arcén, a la salida de una curva, lloviendo a cántaros y corriendo el riesgo de ser atropellado sólo por hacerse un selfie. La primera impresión fue la de «¿será para colgar en el Facebook?», pero ¿y si le movía el deseo de animarse a sí mismo a continuar, como tus fotos? Mi conclusión, puede que errónea, fue que quizás quisiera animar a todas esas personas que día tras día hacen el camino, las que caminan durante semanas y en el último tramo están llenas de ampollas en los pies y llevan tiras de esas de colores que te pone un fisio cuando te lesionas un músculo. Como digo, puede, seguro que me equivoco. Pero es tan fácil sacar conclusiones equivocadas y prejuiciosas sobre una escena que atisbamos desde la ventanilla de un coche en marcha, que no nos hacemos una idea de la complejidad de un acto «vanidoso» perpetrado por un auténtico desconocido. Porque una foto puede tener mucho más poder del que a priori parece. No en vano, muchas veces miramos un álbum tratando de recordar el pasado o para revivir emociones o aquel día tan especial, cuando no a una persona que ya no está. Hay cierta magia en esos momentos capturados que influyen en tu estado de ánimo.

    Qué guapa sales siempre en las fotos.😍 Yo soy de esas personas que siempre sale fatal. Había en Twitter una foto que me representaba bastante, la de un plato con arroz, tomate y huevo frito con una presentación estupenda, representando la imagen que te ofrece el espejo y, al lado, el mismo plato con la comida revuelta y una pinta de porquería total, representando la imagen que toma la cámara fotográfica. 🙈

    1. ¡Hola! Me alegro mucho de volver a verte por aquí ^^

      Vaya por dios, mira qué coincidencia :O. No me sorprende que ese señor quisiera hacerse una foto. Haciendo el camino de Santiago y encima bajo la lluvia, ¡desde luego es algo que vale la pena recordar y compartir! Ojalá juzgáramos menos estas cosas. Al final no hacen daño a nadie (a menos que se usen para vender chupachups adelgazantes y cosas así, me explico XD) y todo el mundo quiere conservar algunos recuerdos para la posteridad. Es bonito que tengamos esa posibilidad.

      Jajaja, gracias por el piropo! ¿Sabes? Yo creía que salía… bueno, no fea, tengo fotos peores, pero sí vulgar. Estaba en pijama, para empezar XD. Pero eh, volviendo al tema del artículo: siempre juzgamos nuestro aspecto con mayor dureza que les demás. Es cierto que la imagen de la cámara y la del espejo son súper diferentes (hay una explicación física de por qué, ojalá pudiera volver a encontrarla T^T), pero siempre es bueno recordar que nadie es tan feo como se siente. Estoy segura de que si yo viera tus fotos no las vería tan mal 😉

      Me ha hecho muy feliz que vuelvas a pasarte. Un beso. ¡Nos leemos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *