Del laberinto a la cámara sangrienta: visiones de la adolescencia femenina

Advertencia: este artículo contiene spoilers de Carrie, Ginger Snaps, Labyrinth y La Cámara Sangrienta, así como referencias al abuso sexual.

 

Adolescentes y otros animales

Ah, la adolescencia, esa bestia.

Cualquier persona que ha vivido más allá de los doce años ha pasado por esa época trepidante. Los vaivenes hormonales, los cuerpos incómodos, las primeras emociones adultas que chocan con una mente aún infantil, convirtiendo tu vida en un contenedor de basura en llamas. Adolescencia, terrible invento. No hay rodeos para ella, hay que sobrevivirla sí o sí.

La adolescencia, como han señalado algunes investigadores, no siempre ha existido como concepto. En la era preindustrial la transición entre niñez y adultez solía ser mucho más brusca, sin períodos intermedios, de ahí que muchas religiones tengan ritos o sacramentos específicos para marcar ese paso: primeras cacerías, bautismos, iniciaciones, y en algunos casos el matrimonio. No obstante, creo firmemente que, aunque hasta hace unos dos siglos no tuviéramos una palabra o un bagaje cultural para identificar la adolescencia, ésta siempre ha existido. Puede que una baja esperanza de vida combinada con la exigencia de trabajar desde muy joven disimulara sus efectos, o que no existiera una sociedad de consumo produciendo artículos destinados exclusivamente a cierta franja de edad, pero las transformaciones mentales y fisiológicas que te hacen pasar de la infancia a la madurez son una realidad.

(además, hablemos con honestidad: es lo único que le da sentido a las estupideces que hacen les jóvenes protagonistas de obras como Hamlet o La Celestina. la adolescencia es muy mala)

La juventud siempre ha sido un monstruo muy temido. Un tiempo de irreflexión y de atolondramiento, en el que es fácil tomar malas decisiones que recibirán terribles castigos en el futuro. Los desastres desencadenados por la impulsividad de les jóvenes es la moraleja de cuentos y leyendas: no hagas esto. No te cases por capricho. No te tomes la justicia por tu propia mano. No hagas determinadas amistades. Haz caso a tus padres, muestra sensatez, confórmate a las reglas sociales. Conviértete en una persona adulta como es debido.

Las narrativas que rodean la adolescencia (o ese término más difuso, la juventud) se construyen en torno a ese aprendizaje. Las lecciones valiosas, en ocasiones dolorosas, que debemos aprender para cruzar el umbral de la madurez. Los dragones que debemos derrotar (¿están ahí fuera? ¿están dentro de ti?) para obtener el codiciado grial adulto: respetabilidad, sabiduría, independencia, poder. Existe todo un subgénero narrativo centrado en este mini viaje del héroe: el coming of age, expresión que se traduce aproximadamente por “cumplir la mayoría de edad”. Especialmente popular, por razones obvias, en la literatura y el cine juveniles, el coming of age aparece no obstante en historias muy diversas, ya sea como trama principal o de fondo, y cada generación tiene su batería de libros y películas que la han ayudado a hacerse mayor, ofreciéndole un análisis de sus ansiedades juveniles y al mismo tiempo dándole pistas sobre qué es eso de la madurez.

Como cualquier adolescente de cualquier época, yo también busqué respuestas para aquella debacle. Ahí estaba yo, una chiquita temblorosa con un corte de pelo espantoso y un cuerpo rollizo que había empezado a hacer lo que le daba la gana sin pedir permiso antes. Mi cerebro me bombardeaba sin parar con sensaciones y deseos muy intensos que sobrepasaban con creces mis capacidades de gestión. Sentía que me habían soltado en un bosque aterrador parar que encontrara el camino a casa, sin mapa y sin explicaciones y a merced de los aullidos que no paraban de sonar a mi espalda. ¿Qué me pasaba? ¿Tenía hambre? ¿Estaba triste? ¿Estaba cachonda? ¿Estaba furiosa? ¿¿Estaba todo a la vez?? ¿¿¿Pertenecía a una especie condenada por la avaricia y la injusticia y atrapada en una prisión de carne que nunca sería lo suficientemente grande para mi alma enloquecida así que era mejor que asfixiara mis sueños mientras dormían y me preparase para morir???

Las personas mayores de mi entorno insistían en que me estaba “transformando”, que aquello era una suerte de metamorfosis (y tiene sentido, porque me sentía como una oruga especialmente fea). Así que busqué historias sobre gente como yo, sobre chicas pasando por aquel viaje satánico llamado adolescencia, intentando darle sentido a cómo me sentía. «¿Qué soy? ¿Qué pasa conmigo?» le pregunté a los mitos de mi época. «¿Cómo supero todas estas pruebas estúpidas y me transformo en una mujer adulta que Sabe Lo Que Hace?»

La respuesta vino gritando desde las páginas de Carrie, de Stephen King, más reveladora y más horrible de lo que me había atrevido a esperar.

«¡RE-GLA! ¡RE-GLA! ¡RE-GLA!»

 

Chicos que son personas y chicas que son mujeres

Las historias de coming of age, como todo en este mundo, están divididas en una dicotomía de género muy estricta. No es lo mismo que el protagonista sea un chico convirtiéndose en hombre que una chica convirtiéndose en mujer.

Para empezar, las historias protagonizadas por muchachos que se hacen adultos raramente definen ese viaje como “hacerse hombre”, con toda la carga sexual y de género que ello puede tener. A pesar de que el protagonista se enfrente con expectativas y desafíos relacionados con su género y con el rol que éste ocupa en el mundo (la agresividad, la promiscuidad, el liderazgo, la heterosexualidad normativa), no se nos presentan como propias de la masculinidad, si no como universales. El despertar sexual, con la consiguiente cosificación de los objetos de deseo; la amenaza constante de la sexualidad no normativa; la presión por proyectar fortaleza, desapegarse de las emociones y dejar de necesitar apoyo externo; todas estas piezas del despertar del muchacho tienen una carga de género fortísima, y sin embargo se nos venden como un neutro con el que cualquiera puede identificarse. “Hacerse hombre” es una frase anticuada que usa el abuelo en una charla incómoda con su nieto, o directamente un eufemismo para “perder la virginidad”. Lo que estos chicos hacen es “hacerse adultos”. No es coincidencia que muchos coming of age con protagonistas masculinos no se consideren tanto piezas de narrativa juvenil como clásicos universales (hola, El guardián entre el centeno).

Las historias de coming of age protagonizadas por chicas, por otro lado, son muy diferentes. No es que no existan: el siglo pasado y las dos décadas que llevamos de éste nos han dejado una buena cantidad de libros, películas y series con protagonistas femeninas enfrentándose a una adolescencia complicada. Algunos de ellos incluso se consideran obras de culto, o al menos clásicos populares. No obstante, no he podido evitar notar un patrón perturbador en la mayoría de narrativas sobre la adolescencia femenina: suelen ser violentas y oscuras, y hacer hincapié una y otra vez en una sexualidad amenazante.

Para las chicas la adolescencia es, en efecto, una bestia.

 

El lobo en las entrañas

En “El segundo sexo” Simone de Beauvoir señalaba que, en una sociedad patriarcal, a los hombres se les considera la trascendencia y las mujeres, la inmanencia. Esto es, la esencia de un hombre va más allá de él mismo, tiene una dimensión superior y dinámica; la de una mujer, por el contrario, es estática y repetitiva, limitada a lo que es, y no a lo que puede llegar a ser. Un hombre es hombre porque explora, lucha, se cambia y cambia su entorno; una mujer es mujer porque es mujer. Esta visión de la esencia de las mujeres como algo inmutable y pasivo es la que nos presentan la mayoría de coming of age femeninos.

Para empezar, esa feminidad naciente con la que batallan las protagonistas es cisnormativa y tiene una fuerte carga de determinismo biológico. Ser mujer es una realidad corporal, y depende de unos órganos, unos procesos fisiológicos y unas hormonas muy definidas. Sólo eres una “mujer de verdad” si desarrollas unos caracteres sexuales apropiados (menstruación, pechos, etcétera)… y si tienes la regla y pechos, eres una mujer. Esta rigidez no sólo excluye por completo la experiencia de las personas trans, que está, salvo algunas raras excepciones, completamente ausente de la narrativa canónica sobre la adolescencia, si no que además convierte la pubertad en una especie de maldición bíblica. No se trata tanto del aprendizaje, de la aventura de crecer, de los cambios psicológicos que trae aparejada la transformación en adulta: se trata de tu cuerpo y de lo que tu cuerpo te hará, quieras tú o no.

El cuerpo, en la adolescencia femenina, es un enemigo monstruoso. Nada de lo que hace es “natural” o “comprensible”. Por debajo de la narrativa azucarada de “tu cuerpo está pasando por cambios maravillosos” se esconden el miedo y el asco al cuerpo femenino (cisgénero). Sus ciclos y secreciones son repugnantes; sus deseos son peligrosos y deben ser domesticados para que sirvan al placer masculino, la única manera de hacerlos aceptables. El sexo, aunque no se lo nombre, es onmipresente en estas narrativas, y va de la mano con la heterosexualidad obligatoria. Las escenas de cambio de look y de “chica masculina descubre la coquetería” que se nos presentan con tanta ternura en el cine familiar son un recordatorio de que el cuerpo y los deseos rebeldes de una niña deben aplastarse para encajar en el molde rígido de la mujer normativa, que ya no puede correr ni ensuciarse ni comer ni tocarse como desea, y que sólo expresa su sexualidad para atraer a una potencial pareja. Masculina, claro. La enemistad femenina, espina dorsal de tantos clásicos adolescentes desde Heathers hasta Chicas Malas, emana también de esta heterosexualidad obligatoria. Las chicas compiten con saña entre ellas por la atención masculina porque ser atractiva para una mirada patriarcal te proporciona un poder relativo, lo que la autora estadounidense Nicky Marone llamaba “capital sexual”: no se te permite tomar lo que desees, pero si eres lo suficientemente guapa quizá puedas comprar las atenciones de un chico que lo haga por ti. La violencia soterrada de esa envidia entre chicas a veces acaba transformándose en una obsesión que casi, casi bordea la atracción sexual… pero las narrativas raramente se atreven a cruzar la línea y explorar la adolescencia sáfica. La insinuación de que hay deseo lésbico escondido tras la rivalidad suele presentarse de manera ya erótica, para excitar a la audiencia masculina (como en Jennifer’s Body), ya patética, para hacerla reír (como en Jawbreaker). Por debajo de estas historias siempre corre la noción de que cualquier impulso romántico o sexual hacia otra chica es una deformación enfermiza fruto de la confusión adolescente, idea que a muchas mujeres sáficas nos resulta dolorosamente familiar.

En resumen, la feminidad que nos muestran estas historias es una especie de monstruo primordial que coge a una niña por sorpresa y la arrastra al lado oscuro, donde todo es asqueroso y aterrador, y no hay avatar más claro de ello que la menstruación.

Ah, la menstruación. El coco de tantos directores y escritores. Y sí, estoy usando el masculino a propósito. Todas las ansiedades y horrores que la sociedad patriarcal ha construido en torno a la adolescencia femenina cristalizan en la forma en que la mitología moderna habla de ella.

En Carrie, aquel libro que leí en los primeros años de mi pubertad, la primera menstruación de la protagonista es una experiencia traumática. Criada por una madre hiperprotestante, Carrie no ha recibido ningún tipo de educación sexual que la prepare para un evento así, y su horror al descubrir que está sangrando azuza la crueldad de sus compañeras de clase, que ya la acosan de manera sistemática. El horror, sin embargo, va más allá: la primera regla es también un disparador biológico de los poderes telekinéticos de Carrie, que han permanecido latentes hasta entonces. En los documentos científicos ficticios que Stephen King va intercalando en la narración aparece un intento de tipificar sus poderes como un trastorno o síndrome que sólo afecta a las mujeres y que se manifiesta con la pubertad; el autor califica a las afectadas como “auténticos tifones femeninos totalmente fuera de control”.

En Ginger Snaps (2000), una película de terror canadiense dirigida por John Fawcett, es la primera menstruación de la protagonista la que atrae al licántropo que la muerde y la contagia; durante su transformación, aparte de desarrollar pelo e instintos asesinos, Ginger menstrúa copiosamente, indicación de que algo terrible está ocurriendo. El propio eslogan de la película explotaba esta relación entre regla y monstruosidad: “¡No se le llama “la maldición” por nada!”

(“la maldición” (the curse) es un eufemismo anglosajón para la regla)

Incluso aunque la regla no se revista de connotaciones terroríficas, sigue colándose una y otra vez en nuestra comprensión de la adolescencia femenina. Hace unos meses vi un análisis narrativo de “El laberinto del fauno” (2006), por lo demás estupendo, que insistía en que, siendo esta película un coming of age femenino, estaba lleno de referencias a la menstruación (la sangre que empapa el libro mágico en un determinado momento) y al útero (la forma del árbol bajo el que la protagonista se escurre para buscar una llave).

La omnipresencia de la sangre es algo de esperar en una fantasía oscura como esta, y la forma del árbol, como muchas otras cosas en la película, hace referencia a la cabeza del fauno del título (un cráneo alargado con dos cuernos), pero el autor del videoensayo estaba tan centrado en buscar aquello que hacía a este coming of age “de mujer” que vio un útero con dos trompas de falopio. No puedo evitar acordarme de los médicos de la Edad Moderna, empeñados en afirmar que los úteros de los cadáveres que diseccionaban tenían dos cuernos porque necesitaban demostrar que las mujeres eran hombres imperfectos, y tenían que tener algún órgano equivalente a los conductos deferentes, pero atrofiado.

Huelga decir que los úteros no tienen tal cosa, pero cinco siglos más tarde la inmanencia biológica ataca de nuevo. Podrás reírte, pero cuando estudiaba en la facultad me crucé con una persona más o menos de mi edad que creía que el desarrollo de caracteres sexuales secundarios en las chicas se aceleraba si perdían la virginidad. Esto no es más que un mito de patio de colegio, por supuesto, pero que existan personas adultas en el Primer Mundo y con acceso a la educación que crean esto nos recuerda de nuevo lo persistente que es.

 

Caperucita coge la escopeta

No todo es body horror, no obstante. Antes dije que las últimas décadas nos han dejado una cantidad nada despreciable de historias protagonizadas por chicas adolescentes y, aunque la mayoría reproducen esa visión tradicional y monstruosa de la pubertad femenina, hay pequeñas joyas entre el heno, cuentos de hadas rebeldes que ponen la pluma en la mano de la muchacha y le dejan enfrentarse a la ansiedad de esa época sin castigarla por ello. Entre ellas están dos de mis historias favoritas, a las que siempre he percibido como versiones diferentes de la misma trama: Labyrinth y La Cámara Sangrienta.

Labyrinth (1986), distribuida en Latinoamérica como “Laberinto” y en España como “Dentro del laberinto”, es una película estadounidense dirigida por Jim Henson. La protagonista, una quinceañera llamada Sarah que está obsesionada con los cuentos de hadas y lleva regular lo de “hacerse mayor”, tiene una pataleta cuando su padre y su madrastra la dejan encargada de cuidar a su hermanito una noche, y clama al rey de los goblins de sus cuentos para que se lo lleve. El rey de los goblins, un David Bowie con unas calzas bastante ajustadas (no pongas esa cara, tú también lo has visto) se materializa para cumplir su deseo. El resto de la película sigue a una arrepentida Sarah adentrándose en un laberinto de fantasía hecho con retales de sus cuentos favoritos, teniendo que enfrentarse a sus miedos y superar sus defectos para rescatar a su hermano, y siendo acosada por el rey de los goblins, que le ha prometido hacerla su reina si «tan sólo se somete a él».

“La Cámara Sangrienta”, por su parte, es una novelette de la autora británica Angela Carter publicada en 1979, que da nombre a una colección de versiones de cuentos de hadas con un enfoque feminista y psicoanalítico. La Cámara Sangrienta es una revisión del cuento de Barba Azul de Charles Perrault. Situado a principios del siglo XX y narrado en primera persona, sigue a una pianista de diecisiete años que se acaba de casar con un rico conde francés. Después de una traumática noche de bodas el marido parte en un viaje de negocios y la deja sola, tras encomendarle todas las llaves de su palacio y decirle que puede ir a donde desee, excepto a un cuartito en el sótano. Al descubrir algunos indicios inquietantes respecto a las anteriores esposas del conde la protagonista se decide a abrir el cuartito, donde descubre los cadáveres torturados de sus predecesoras. El conde vuelve inesperadamente, descubre que su esposa le ha desobedecido y se dispone a asesinarla también, pero es detenido en el último momento por la madre de la protagonista.

Aparentemente estas dos historias no tienen nada en común, salvo la protagonista femenina y el origen anglosajón. No obstante, hay un nexo de unión entre ellas: la amenaza, por una vez, no viene de dentro de la muchacha pubescente. No hay un monstruo primigenio creciendo en sus entrañas; la feminidad adulta que empieza a asomarse no es algo degenerado que ha de ser corregido. La amenaza, aquello de lo que verdaderamente han de tener miedo, está afuera, y es un depredador.

La adolescencia femenina, al contrario que la masculina, está siempre acechada por monstruos. El patriarcado considera que el acceso a los cuerpos de mujeres y niñas es un derecho de los hombres, y contempla cada cambio, decisión o deseo femenino como fabricado explícitamente para la satisfacción masculina: de esta creencia nace y se alimenta la cultura de la violación. El descubrimiento del cuerpo, la identidad, la sexualidad y el placer, que debería ser un momento confuso y divertido a partes iguales, se convierte en un peligroso punto de inflexión: los depredadores (los chicos, los hombres) olerán tu sexo en desarrollo y vendrán a por ti. El mero hecho de crecer y “hacerte mujer” es una provocación imposible de resistir.

En Labyrinth es el rey de los goblins, cuyo interés en Sarah, al igual que la propia Sarah, vacila siempre al borde de algo más sexual y oscuro. En La Cámara Sangrienta es el esposo sádico que se casa con una menor para torturarla y matarla. Ninguna de las dos protagonistas es perfecta, pero al estar la historia narrada desde sus ojos se nos invita a sentir empatía por sus dificultades. La trama en ningún momento las utiliza para justificar la crueldad que cae sobre ellas; son adolescentes y van a actuar y pensar como adolescentes, pero ni son tontas ni es legítimo aprovecharse de su edad para hacerles daño. La Cámara Sangrienta, en particular, expone con una claridad maravillosa las pulsiones de una muchacha que aún está a mitad de su desarrollo. Aunque se nos deja claro que la protagonista ni ama ni se siente atraída por su marido y ha aceptado el matrimonio por motivos prácticos, vemos también como esa repugnancia física choca una y otra vez con su curiosidad y su sexualidad naciente: no desea a su marido, pero tiene deseos propios que la persiguen incluso estando con su marido. Esto habría bastado en cualquier otro relato para construir el viejo cliché de la mujer que secretamente desea ser violada, pero Carter retrata de manera magistral la confusión de una muchacha que aún no ha terminado de poner en orden sus emociones y sin embargo sabe que algo no marcha bien. La protagonista es un sujeto sexual de pleno derecho y su sensualidad no pertenece a nadie más que a ella, y desde luego no al hombre que ha tendido trampas a la curiosidad de una niña para luego castigarla por ello.

Ambas historias son coming of age femeninos en los que la protagonista consigue escapar del lobo que la acecha y continuar su camino hacia una madurez plena. En Labyrinth Sarah le planta cara a un hombre adulto de intenciones turbias que pretende engatusarla, y regresa a casa habiendo aprendido a ser responsable de sus actos. En La Cámara Sangrienta a la protagonista la salva el amor protector de su madre, que la ha educado para que sea independiente y siempre ha respetado sus deseos (incluso el de casarse, que desaprobaba) y que sin embargo sigue preparada para ayudarla. En ambos casos es una mujer la que derrota a la amenaza y permite que la adolescente continúe su camino. En La Cámara Sangrienta es la madre. En Labyrinth es la adulta en la que la propia Sarah se está convirtiendo.

 

La adolescencia es un período conflictivo y aterrador, y probablemente siga siéndolo mientras los seres humanos pueblen la Tierra. A pesar de que al crecer solemos olvidarlo y atesorar sólo los buenos recuerdos, pasar por la adolescencia se siente como si te golpeara un tren de mercancías, y no creo que haya nada de malo en que nuestras narrativas reflejen esa ansiedad y esa oscuridad latente. La palabra “adolescencia”, al fin y al cabo, tiene la misma raíz que la palabra “dolor”. Pero sí me gustaría empezar a ver narrativas alternativas para la adolescencia femenina. Historias que no estén narradas desde la perspectiva miope del hombre que se siente atraído y asqueado a partes iguales, si no desde la de la dueña de esa mente que tartamudea y de ese cuerpo cambiante, que nos obliguen a ver las cosas desde su perspectiva. Historias en las que la regla no es un monstruo del espacio exterior, donde la obsesión por la chica guapa de clase desemboca en una declaración romántica ridícula y no en la venida del Anticristo, donde una chica con testículos en lugar de ovarios puede aprender a pilotar su cuerpo sin que un monstruo la aceche en su camino. Historias donde “hacerse mujer” no sea la primera campanada del Apocalipsis ni una invitación a los abusos, si no el comienzo de un viaje delirante, absurdo y entrañable. Con muchos llantos histéricos y muchos momentos asquerosos, sí, pero también lleno de revelaciones, de lucidez y de posibilidades.

Las chicas adolescentes también son personas. Ya va siendo hora de que nos cuenten qué llevan en la cesta.

 

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