Leer no te hace inteligente

Este artículo no sería lo que es sin la ayuda de Néstor Banderas Navarro, historiador, docente, amigo y Persona Que Me Metía Codazos Cuando Me Dormía En La Facultad; sus sabios consejos siempre me hacen quedar bien. Gracias, tío.

A principios de febrero, Rocío Vega planteaba en su Twitter la siguiente cuestión: “¿Hasta qué punto es mejor leer libros que hacer cualquier otra cosa? ¿Cuánto aprendes cuando lees mayormente ficción, en realidad?” Estas preguntas abrieron un hilo interesantísimo y dieron comienzo a un debate entre todos sus seguidores, en el que se comparaban las bondades de la lectura con las de otras actividades, como jugar videojuegos o juegos de rol. Yo no participé en él porque aquel día tenía mucho trabajo y sólo había parado en Twitter un ratito para leer antes de seguir trabajando (en el momento de escribir esto tengo tres empleos distintos, y es tan divertido como suena*), pero me encantó que alguien con cierta importancia en el mundillo de la literatura independiente, y a quien admiro, llamara la atención sobre este tema, porque yo también pienso mucho en él. Y también me pregunto qué tan vital es leer ficción, al final.

Antes de continuar, quiero dejar claro que me encanta leer. Es una de mis cosas favoritas en el mundo, aparte de escribir, tejer, comer cosas con queso y tener derechos fundamentales :D. Pocas cosas en mi vida me han aportado tanto; el día que me saquen de casa con los pies por delante probablemente deje una pila de libros a medio leer junto a la cama. Ahora bien, pregunta espinosa: ¿leer me ha hecho más inteligente?

(Si le preguntáis a mi madre, a quien por cierto debo mi afición a la lectura, os dirá que sí. Pero también os dirá que soy la más guapa del mundo y que tengo un talento desbordante. Científicos de todo el mundo están de acuerdo en que no hay que fiarse nunca del criterio de la propia madre).

Leer contribuyó a que mejoraran mi redacción y mi ortografía, eso desde luego. También amplió muchísimo mi vocabulario, para disgusto de mis compañeros de clase, a quienes corregía y atacaba con palabras rebuscadas todo el tiempo (era una mocosa insufrible). Y definitivamente me dio muchas, muchísimas horas de felicidad: personajes junto a los que sentir, mundos nuevos que explorar, un lugar seguro al que ir cuando la realidad se volvía hostil y fría. Pero ¿mejoró mi coordinación, o mis habilidades sociales? ¿Me aportó mayor inteligencia emocional? ¿Aprendí a hablar alguna lengua nueva? ¿Me ayudó siquiera a entender mejor las matemáticas, que me estaban amargando la vida?

Nah.

No leía para aprender todas esas cosas. Ni siquiera por la ortografía. Leía porque, de todas las actividades a mi alcance, era la lectura la que me daba mayor placer.

Ninguna de estas criaturas está leyendo en realidad, pero finjamos que sí.

Sé que todo esto se puede matizar: existen muchos tipos de libros diferentes. Existen libros de divulgación científica, métodos de idiomas, ensayos y manuales, y todos sirven para aprender. Pero estos libros son herramientas, no historias; Rocío Vega hablaba de la ficción, de los cuentos y las novelas, cuando se preguntaba qué podíamos aprender leyendo. Y yo estoy con ella cuando opino que, realmente, tampoco se aprende tanto, al menos en comparación con otras actividades.

(El público enciende las antorchas. La autora se toma su medicación, pasa la diapositiva y trata de seguir sonriendo).

La lectura está muy endiosada entre las personas con cierto nivel cultural. Se considera que una persona que lee es automáticamente más inteligente, más sutil, más sagaz, mejor que una que no lee. Muchas veces tratamos la lectura como una panacea para todos los males del mundo. Huelga decir que eso… bueno, no es verdad. ¿Recordáis la frase “la ignorancia se cura leyendo y el racismo viajando”? Ninguna de esas dos afirmaciones es cierta. Para empezar, hay racistas viajando por todo el mundo, haciéndole fotos a los “niñitos pobres” sin permiso y consumiendo una versión edulcorada y “exótica” de los países que visita para luego hablar de lo “espiritual” que ha sido su experiencia (y eso daría para otro artículo entero, porque a este lado del mundo creo que todos hemos sido culpables de eso en algún momento). Pero también hay personas que poseen inmensas bibliotecas personales y han leído a los grandes pensadores clásicos de cabo a rabo, y sin embargo piensan que las víctimas de maltrato no se separan de sus agresores porque en el fondo les gusta que las traten así, por ejemplo. Pueden recitar a Aristóteles y citar a Stendhal, pero leer no les ha curado de otros tipos de ignorancia. Yo misma llevo con la nariz metida dentro de un libro desde los cinco años, y sin embargo mi inteligencia emocional es pésima y he hecho sufrir a muchísima gente por eso.

¿Por qué creemos que leer te hace inteligente? O más bien, ¿por qué valoramos más los tipos de inteligencia que se suelen desarrollar leyendo, como memorizar reglas ortográficas o estructurar bien un texto? ¿Por qué creemos que es mejor saber que no hay que empezar la definición de un fenómeno con “eso es cuando” que saber movernos por el espacio, la coordinación mano-ojo, el trabajo manual, o interpretar el lenguaje no verbal de los otros?

Odio tener que decir esto, pero la alta opinión que tenemos de la lectura se debe menos a su capacidad para hacernos inteligentes, y más al hecho de que la lectura ha sido siempre un símbolo de estatus social.

Y ahora, antes de que os deis cuenta, ¡mini lección de historia! 😀

(corred, insensatos)

El acceso a los libros para las grandes masas es algo muy nuevo. A pesar de lo que se lamentan los columnistas de los grandes periódicos, no es verdad que cada vez leamos menos. Me atrevería a decir que nunca hemos leído tanto. En la antigua Grecia, o durante la Edad Media, un granjero o un artesano no se daba una vuelta por la FNAC a ver si había alguna novelita interesante para pasar el rato en la cola del pescadero. Sólo unas muy reducidas élites, aristócratas o clérigos, sabían leer, y los libros eran posesiones muy caras porque había que copiarlos a mano. ¿Habéis visto alguna vez algún cuadro antiguo de un mercader o noble muy rico con un libro de oraciones en el regazo? Pues no se diferencia mucho de Kim Kardashian enseñando por Instagram sus nuevos Manolo Blahnik. “¡Mirad cuánto dinero tengo! ¡Mirad lo que puedo comprar!”

Esta copia (facsímil, si queréis usar un palabro fino) del libro de horas de Susana de Brandenburgo cuesta nada menos que 3.800 euros. Imaginaos si además estuviera pintado y encuadernado a mano, y el pan de oro fuera de verdad.

La aparición de la imprenta, primero en Asia y luego en Europa, facilitó mucho el proceso de copiar libros y por ende los hizo más baratos… pero no comportó un cambio demasiado grande en su público, porque no sirve de nada que un libro cueste menos dinero si sigue sin haber gente que lo lea. La lectura como pasatiempo no se popularizó hasta el siglo XIX. En esa época también apareció la novela como la conocemos hoy en día, y las personas con cierto nivel adquisitivo (¡mujeres incluidas!) empezaron a ir de aquí para allá con lo último de Dickens bajo el brazo; de repente, leer ficción estaba de moda en los círculos elegantes.

(No puedo resistirme a señalar que a muchos intelectuales de la época aquello les produjo pánico. Decían que leer novelas era un pasatiempo inútil que te volvía asocial, te llenaba la cabeza de pájaros y te contagiaba ideas peligrosas, y que incapacitaba a los jóvenes para la vida productiva. ¿Os suena de algo ese discurso?)

(Ups)

Ahora os tengo que hacer una pregunta: ¿quién creéis que leía en el siglo XIX: los trabajadores de las fábricas, que se levantaban al alba para partirse el espinazo trabajando por un sueldo miserable, o los dueños de dichas fábricas, que se hacían inmensamente ricos a su costa y habían tenido acceso a una refinada educación y al preciado tiempo libre?

En el Primer Mundo la alfabetización ha ido subiendo poco a poco desde entonces, gracias en buena medida a la presión de los movimientos por los derechos obreros; y los libros, con la irrupción del ebook, son más baratos que nunca. Sin embargo, hemos conservado algo de ese período: asociamos “leer” con “pertenecer a la élite”. No lo hacemos de manera consciente, claro, pero lo hacemos. Creemos que si alguien lee es porque ha recibido una “buena educación” (qué significa eso da para cuarenta artículos más), que ha tenido tiempo y recursos para desarrollarse intelectualmente, y que por ende es “más listo” que alguien que no lee. Pero, como acabo de decir, el tiempo libre y el acceso a la educación son privilegios que no todo el mundo puede permitirse, incluso hoy en día. Y aun en el caso de que podamos permitírnoslo, ¿por qué seguimos sintiéndonos obligados a leer para obtener respeto?

La buena valoración de la lectura es, muchas veces, una forma disfrazada de discriminación. Las personas que leemos la practicamos constantemente. Nos burlamos de la gente que tiene mala ortografía (inmigrantes, obreros, personas con dificultades de aprendizaje, que no acabaron los estudios, o que simplemente tienen mala memoria para las lenguas), deslegitimamos los sentimientos de otros sólo porque no saben ponerlos en palabras de manera “correcta”, usamos frases como “haz el favor de abrir un libro” o “aprende a escribir y luego me hablas”. Seguimos tan empeñados en que la lectura es vital que incluso obligamos a los niños a leer en el colegio, y por cada uno que se aficiona a ella y sigue leyendo hay diez o quince que salen amargados y odiándola.

(Que levanten la mano los que hayan sido personalmente damnificados por una lectura obligatoria de La Celestina en el colegio. Me da igual cuán importante sea para la literatura española, ES UN COÑAZO INSUFRIBLE Y SE LO ESTÁS INTENTANDO ENCHUFAR A GENTE DE QUINCE AÑOS. ¿QUÉ ERES, UN MONSTRUO?)

 

Como vea uno más de estos en mi vida LO QUEMO. LO QUEMO Y ME DA IGUAL LO QUE PENSÉIS.

(Ejem)

Insisto: existen muchos tipos de inteligencia, y todos son útiles. Una de las personas más inteligentes que he conocido fue mi abuela materna, que no llegó a terminar el colegio. Con las justas podía redactar textos cortos, su ortografía era malísima, leía exclusivamente best-sellers y le encantaba ver programas del corazón. Pero nunca he visto a nadie leer mejor a la gente, adivinar las intenciones de alguien, elegir con tanto acierto cuándo había que hablar y cuándo era mejor escuchar. Eso es una inteligencia igual de importante, si no más, que tener buena ortografía. Las faltas de ortografía no hieren a la gente. La falta de empatía sí.

Mi conclusión, antes de que os entre el pánico, no es que leer sea inútil, o que seamos todos malísima gente por pensar que leer es bueno. Mi conclusión es que leer es sólo una de las cientos de maneras de cultivar nuestro intelecto que existen. Están los juegos de lógica, las labores manuales, los deportes, la empatía y la compasión, la creación artística, el desarrollo de sistemas y un larguísimo etcétera: la práctica de todas ellas nos hace inteligentes de una u otra manera, y ninguna es superior a las demás. Las personas que leemos quizá deberíamos dejar de torcerle el morro a la gente que no lo hace, e interesarnos por saber qué es lo que la ayuda a crecer como persona, y por qué. Al fin y al cabo, por mucho consuelo que nos ofrezcan los libros, nuestras vidas ocurren fuera de ellos. Y ahí fuera, no sirve de nada haber leído mucho si vas a acabar siendo un mierda.

Y por encima de todo, por nuestra vida, deberíamos dejar de obligar a los niños a leer La Celestina, que los estamos matando. Los estamos matando muertos.

 

*En el momento de publicar esto, no obstante, acabo de perder uno de ellos y con él la mitad de mis ingresos, lo cual también es tan divertido como suena 😀

4 comentarios sobre “Leer no te hace inteligente

  1. Ya he podido leer tu entrada. Ha sido muy interesante, veo ahora tus razonamientos sobre elitismo de la corrección ortográfica. Has conseguido sentirme un poco culpable: yo soy de los que bajo nota cuando un niño define un concepto con “eso es cuando”. Se intenta igualar y dar la oportunidad de crecer en la escala social a todos, sean de clase obrera o tengan padres muy concienciados con su educación. Desde luego coincido absolutamente con “La Celestina”, todos los que la leen en mi IES se aburren y, habitualmente, recurren a resúmenes; más terrible es aún estudiar en 2º Bachillerato a Miguel Hernández y no leer ni una poesía suya.

    1. Bueno, ya me conoces, soy un poco anarquista (que no anárquica. que también). Educar es complejo, y el sistema educativo tal y como lo conocemos está diseñado para reproducir y legitimar la desigualdad. Para hacer un cambio profundo habría que dinamitar las estructuras de base y proponer otras nuevas, y tú sabes mejor que yo que actualmente los docentes ya tenéis bastante tratando de mantener la cabeza fuera del agua. Pero me encantaría que los adolescentes pudieran formarse en un entorno en el que entender las nanas de la cebolla se considerara igual de importante que saber bailar… o pedir perdón. Los humanistas nos pasamos la carrera defendiendo que nuestro campo no es inferior a los otros; deberíamos aplicarnos el cuento.

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