Los dragones han venido a salvarnos: una defensa de la literatura de género

He sido lectora de fantasía desde que tengo memoria. Todo el mundo, creo yo, empieza a acercarse a la ficción a través de ella. ¿Qué son si no los cuentos de hadas que nos leían antes de dormir, llenos de animales parlantes y hechizos mágicos? La fantasía, y otros géneros “menores” como el terror, me formaron no sólo como lectora, si no como autora. Crecí leyendo los libros de R.L. Stine y otras colecciones de terror infantil, y poco tiempo después llegaron Escenarios Fantásticos, de Joan Manuel Gisbert, y La Historia Interminable, de Michael Ende, que me catapultaron de cabeza a mundos fascinantes donde las reglas de la realidad se subvertían cada dos por tres, y que me hicieron desear explorar por mi cuenta aquel infinito de posibilidades. Para cuando leí por primera vez Harry Potter y la Piedra Filosofal, ya había escrito mi primera “novela” fantástica (y aún tengo miedo de que alguien la encuentre); estaba metida hasta el cuello en aquel mundo, y no pensaba salir. Estoy convencida de que un porcentaje importante de creadoris de ficción de mi edad tienen una historia similar.

A pesar de este papel fundacional en lectura y escritura, a la fantasía se la sigue considerando un género menor; algo que está bien para cuentos infantiles y novelas juveniles, pero de lo que debes desprenderte al crecer, optando por ficción más “seria” y más “adulta”. Ficción realista. Poesía quizá. Y encuentro que eso es una pena, porque creo firmemente que la fantasía, al igual que la ciencia ficción, el terror y otros géneros “menores”, están aquí para salvarnos.

“¿¿Para salvarnos de qué, loca??”

Que no cunda el pánico.

Empecemos por delimitar el tipo de literatura del que voy a hablar: no sólo de la fantasía, si no de todas la literaturas “de género”. ¿Qué es eso? Para propósitos de esta entrada, la literatura de género es aquella literatura de ficción que no se puede definir exclusivamente por el término “Ficción”, si no que requiere una etiqueta extra que explica sus contenidos (normalmente colocada sobre la estantería correspondiente de la librería, para mayor comodidad del público): fantasía, ciencia ficción, terror… y creo, si no les importa, que voy a añadir también la literatura romántica. (La novela negra y el relato policíaco también entran, técnicamente, en esta categoría, pero los he dejado fuera porque, de todas las ficciones de género, son las únicas a las que se suele considerar aceptables para un público adulto “serio”).

 

Criaturas, no hagáis lo de poner los textos sagrados de la gente en la sección de fantasía. Que no tenemos quince años.

 

La ficción a secas, la que no entra en ninguna de estas categorías específicas, suele depender más del nombre de su autore para venderse. Por eso, en casi todas las librerías colocan las baldas de fantasía, romántica y etcétera por un lado, y por otro las de ficción “por autor”, ordenadas por apellido. De manera consciente o inconsciente, les lectoris gravitamos hacia uno u otro de los dos polos. Podemos (y solemos) leer de todo, claro que sí; pero todo el mundo tiene preferencias, y a la hora de la verdad, las personas que prefieren la ficción de género tienden a acercarse más a la estantería de la ficción de autor, que al revés. Técnicamente, ambas son lo mismo: historias completa o parcialmente ficticias nacidas de la imaginación de alguien. Pero existe un desequilibrio de prestigio entre ambas.

Todos los subgéneros de literatura tienen sus propios circuitos y sus propios premios, pero los grandes galardones suelen ser para la ficción de autor; raramente, por no decir nunca, alguien que escribe ficción de género ha recibido el Nobel, por ejemplo. Si abres un libro de Lengua y Literatura para estudiantes, se centrará casi siempre en poetas y novelistas de ficción-a-secas. Ni siquiera un mastodonte como Tolkien consigue hacerse un hueco en algunas de las listas más “serias”. Se suele decir que el reconocimiento y los premios se otorgan a quienes más han contribuido con su trabajo a la literatura universal. Si Tolkien, que creó una detalladísima épica moderna situada en un mundo alternativo que incluía idiomas funcionales y una literatura propia (literatura dentro de la literatura, agárrate los calzones) y que reventó el mundo editorial de tal manera que a día de hoy la gente que escribe fantasía sigue sin poder sacudirse su influencia, no es considerado uno de los más grandes literatos de la historia de Occidente, sólo nos queda preguntarnos por qué.

Hay quien dice que es una cuestión de temas. Que la ficción de género está bien como entretenimiento, pero que no aporta mucho más. Que para leer algo relevante, algo que trate exclusivamente de Los Grandes Temas de la humanidad, como el amor, la justicia o las crisis vitales de señores heterosexuales de mediana edad que se están replanteando su matrimonio (ahem), tienes que irte a la ficción de autor. Los dragones no existen. Los fantasmas son infantiles. Pero cualquier que haya leído ficción de género con un mínimo de respeto puede darse cuenta de que Los Grandes Temas casi siempre acaban saliendo, aunque sea entre darle esquinazo a espíritus enfadados y revolcarse con highlanders musculosos. ¿No retratan Los Juegos del Hambre, de manera asequible a la gente joven, cómo funcionan los gobiernos totalitarios, y cómo puede organizarse el pueblo para resistir? ¿No habla Carrie, entre sangre y asesinatos, de las ansiedades de la adolescencia?

Y, de la misma manera, ¿no hay acaso obras de autoris consagrades totalmente irrelevantes, que se limitan a recoger pensamientos y lamentaciones de protagonistas que no se mueven ni evolucionan y donde la trama no va a ninguna parte?

¿Por qué, entonces, esta falta de consideración? ¿No han ayudado acaso todos estos géneros a moldear nuestra cultura, y a crear un sustrato común del que todes nos alimentamos? ¿No pertenecen a la ficción de género las historias más queridas de nuestro tiempo, de Harry Potter a Star Wars, pasando por El Resplandor? ¿Acaso la ficción de género no llega a un público mucho más amplio, y despierta un amor incondicional en sectores enormes de la población?

AHÍ VA. ¿EL CLASISMO CONTRAATACA?

 

 

Sí, en efecto, el clasismo tiene mucho que ver en esto. La discriminación en general, de hecho. La fantasía, la ciencia ficción y el terror se consideran cosa de adolescentes; la romántica, de mujeres. ¿Nos sorprende que no se las tome en serio? Cuál literatura merece reconocimiento y cuál no es cosa de opinión, pero hay personas muy poderosas dentro de los círculos literarios capaces de imponer sus opiniones por encima de otras e incluso hacerlas pasar por hechos, gracias a su mayor acceso a medios de difusión y al prestigio, merecido o no, que gente en su posición ha tenido durante siglos. Y estas personas tienden a favorecer, casi siempre de forma inconsciente, las historias con las que se identifican: aquellas que narran una visión normativa de las cosas. La división entre Alta y Baja cultura se las ha arreglado para sobrevivir a siglos de revoluciones sociales y artísticas para ponerse siempre del lado de quienes ostentan el poder.

Y quién tiene el poder (y quién no) es lo que marca la diferencia aquí. La literatura de género lleva existiendo en los márgenes de la cultura y las editoriales mayoritarias desde que empezó a perfilarse como tal, hacia el siglo XIX. Ya he hablado anteriormente de cómo en esa época se popularizó la novela, y la naciente burguesía industrial, mujeres incluidas, adoptaron la lectura como pasatiempo, para horror de las élites intelectuales, que consideraban la ficción una pérdida de tiempo. Estaba muy en boga la novela gótica, que solía contener romances apasionados y trágicos, castillos encantados, maldiciones centenarias y gente desmayándose por todos lados. Fuera de los elegantes salones de la burguesía, las clases obreras disfrutaban de su versión económica: los folletines seriados y los penny dreadful, publicaciones periódicas centradas en historias románticas o truculentas, impresas en papel muy barato y de baja calidad editorial.

Con el paso al siglo XX, la novela gótica dejó de estar de moda, pero sus elementos sirvieron como fundamento para la ficción de terror y el romance histórico, dos subgéneros que aún existen. Folletines y penny dreadful, por su parte, evolucionarían en las igual de baratas revistas pulp, cuna de géneros como la ciencia ficción, el horror cósmico, los cómics modernos y, con un poco más de tiempo, las primeras novelas románticas queer.

(Si este tema os interesa y queréis leer más, Cristina Domenech tiene un hilo estupendo al respecto en su Twitter).

Probablemente el desprecio de las élites culturales hacia la literatura de género se deba a que han mantenido desde su nacimiento su estatus de entretenimiento para las masas. Pero creo que es justamente este desprecio de la academia, este aislamiento de la literatura de género en los márgenes de la industria editorial, lo que la ha hecho durar hasta hoy, y lo que la hace tan fuerte, tan rica y tan llena de potencial. El público de la literatura de género siempre ha sido marginal: mujeres, adolescentes, obreres. A ése público se venden, a ése público atraen, y, aun más importante: por ese público acaban siendo creadas. Hace un rato he dicho que las revistas pulp, publicaciones baratas de calidad cuestionable, fueron de las primeras en serializar historias románticas de temática gay o lésbica. No es coincidencia. Al estar apartada de los circuitos hegemónicos, al ser percibida como menos importante y de menor influencia, la ficción de género ha sido un caldo de cultivo increíblemente fértil para voces disidentes y maneras innovadoras de contar historias.

Basta echar una ojeada al vibrante microcosmos de la literatura de género independiente en España para darse cuenta de quién la está creando: mujeres, personas LGTBQIA+, personas racializadas. La ficción de autor está fosilizada por grandes sellos editoriales y reputadas academias culturales, y tienden a publicar un abanico muy limitado de historias: romances heterosexuales, reflexiones pesimistas sobre la humanidad, visiones normativas y coloniales de la Historia. La literatura de género, especialmente la independiente, por su lado, anda dinamitándolo todo y haciendo una fiesta para celebrarlo. ¿Piratas lesbianas? Claro que sí. ¿Recopilatorios de romance/erótica LGTBQIA+? Los que quieras. ¿Tripulaciones estelares de personas no binarias en las que no hay nadie blanco? Aquí van veinte. ¿Mitologías de culturas no occidentales reinterpretadas por personas que pertenecen a dichas culturas y no por académiques blanques que sólo las conocen de oídas? PIDE POR ESA BOCA, GUAPE.

 

 

La literatura de género es, como yo y muches otres descubrimos en un nuestra infancia, un universo de posibilidades. Al no estar constreñida por un supuesto “realismo”, nos permite saltarnos normas que creíamos inamovibles e imaginar mundos mejores, más ricos; nos permite contar millones de historias nuevas. 

Por supuesto, la ficción de género también puede acabar teniendo éxito y pasar a ser hegemónica, con todo lo que esto supone; creo que no hace falta que señale lo normativas y poco innovadoras que son muchas de sus obras, como el propio corpus tolkieniano, o Canción de Hielo y Fuego, sin ir más lejos (algún día lo destriparé, y ese día perderé amigues). Pero hoy, en este artículo, quiero romper una lanza por la literatura de género: por la fantasía, la ciencia ficción, el terror y el romance que están floreciendo fuera de los cauces tradicionales. Por el afrofuturismo de Nnedi Okorafor, por la fantasía urbana latina de Daniel José Older, por la ficción especulativa y el romance feministas y queer de editoriales como Café con Leche y Amor de Madre, que buscan específicamente las voces que han quedado aisladas de los canales principales para darle un hogar donde existir, y un lugar para ser oídas. Las mujeres, las personas LGTBQIA+, la gente racializada, les inmigrantes… SIEMPRE hemos estado aquí. Siempre hemos contado nuestras historias, aunque sea en susurros, de oreja a oreja. En la era de internet, ya no hay excusa para no escucharlas.

Quizá les intelectuales que sólo leen Ficción A Secas le arrugan la nariz a la ficción de género porque amenaza un mundo que les favorece, y temen que se les acabe el privilegio de ser la voz predominante. Quizá es sólo que siempre lo han hecho así, y no conocen (o no tienen interés en conocer) otra cosa. Pero por el motivo que sea, creo que hoy más que nunca deberíamos seguir dándole una oportunidad a aquellos estilos “menores” y supuestamente más inmaduros. Es bastante probable que ellos sean los que nos salven de que en nuestro futuro, al igual que en nuestro pasado, sólo exista una única historia con vestidos vagamente distintos. Como dijo Chimamanda Ngozi Adichie, tener una historia única es un peligro, porque siempre hay gente que se queda afuera.

Además, qué diablos. Los dragones son geniales.

 

 

¿Te gusta lo que has leído? ¡Like! ¡Comparte! ¡Comenta!

O invítame a un café ^^  

2 comentarios sobre “Los dragones han venido a salvarnos: una defensa de la literatura de género

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *