Cincuenta sombras de King: ¿por qué nos gusta pasar miedo?

Advertencia: en este artículo voy a hablar sobre sexo; en concreto, sobre sadomasoquismo. No voy a abundar demasiado en ello porque no es el tema principal, pero habrán menciones a él. También voy a hablar de las enfermedades mentales y de algunos medios poco saludables de lidiar con ellas, así que por favor procede con cuidado.

Al comenzar Danza Macabra, su ensayo sobre la ficción de terror de 1981, Stephen King se preguntaba: “¿Por qué hay personas dispuestas a pagar dinero por pasarlo realmente mal?” Buena pregunta. Yo, como ya habréis adivinado, soy una de esas personas; llevo sintiéndome atraída por las historias aterradoras desde que tengo memoria. De niña, uno de mis programas de televisión favoritos era “¿Le temes a la oscuridad?” de Nickelodeon, que seguía a la “Sociedad de la Medianoche”, un grupo de adolescentes que se reunían en torno a una hoguera para contarse historias de miedo, mostradas luego mediante la técnica de “historia dentro de otra historia” (si lo podéis encontrar online, os animo a verlo; a pesar de su tono infantil, sigue siendo deliciosamente inquietante). Durante toda mi infancia disfrutaba inventándome juegos macabros, historias dramatizadas que incluían muerte, abandono y horrores imposibles de controlar. Cuando aprendí a escribir, empecé a trasladar esas ideas al procesador de textos del ordenador familiar, cosa que sigo haciendo hoy en día. Recuerdo que mi madre, comprensiblemente incómoda con todo el asunto, se preguntó varias veces qué demonios me pasaba por la cabeza; cómo era posible que una niña tan bien alimentada, cuidada y querida fuera por la vida inventándose bestialidades semejantes.

(Mamá, si estás leyendo esto, todavía no he matado a nadie. Te lo prometo)

¡Hora de tener un infarto, niños!

Después de toda una vida disfrutando con el consumo y la creación de historias de terror, así como de las reacciones que provocan, encontré interesantísima la pregunta de King, y me leí su libro entero. Para ser honesta, Danza Macabra me resultó un poco decepcionante: en muchas partes se trata simplemente de una enumeración/análisis de diferentes películas o libros de terror que han sido importantes para el género. Pero sí me dio un par de ideas interesantes, como la pregunta que abre este artículo: ¿qué demonios nos pasa por la cabeza a quienes nos divertimos pasando miedo? ¿Por qué estamos dispuestos a pagar dinero a cambio de pasarlo muy, muy mal?

La respuesta que se me ocurre ya la adelanté en la advertencia del principio: las historias de terror son una forma de masoquismo.

Ser masoquista significa que disfrutas con el miedo, el dolor, la humillación o cualquier otra sensación considerada negativa. Normalmente se asocia con el BDSM, una forma extrema de sexo que suele incluir todas esas cosas (y algunas otras más. No recomiendo googlear “BDSM” si te asustas con facilidad. Pese a que, como cualquier otro tipo de sexo, el consentimiento es fundamental, ver actos sadomasoquistas sin estar preparado puede ser traumático. Hablo por experiencia). A quienes no estamos interesados en ese tipo de prácticas, nos puede resultar confuso: ¿cómo puede ser que alguien encuentre placer en que lo insulten, le escupan, lo golpeen o lo hagan sangrar? Pero, dándole vueltas a la pregunta anterior, acabé dándome cuenta de que, realmente, el disfrute que obtiene un sumiso sometiéndose a un amo en una mazmorra no es muy diferente al disfrute que obtenemos los lectores de terror al cerrar un libro de Richard Matheson y descubrir que, vaya por dios, preferimos no apagar la luz esta noche.

Los paralelismos son obvios: el escritor es nuestro amo. Es omnipotente y muchas veces sádico: ha puesto mucho esfuerzo y atención al detalle en hacernos sufrir. Y lo hace porque quiere complacernos. Porque los lectores/espectadores de terror nos hemos prestado voluntariamente a ser sus sumisos; hemos venido pidiendo que nos haga sufrir, y aun más, queremos que ese sufrimiento cumpla nuestras expectativas. Una vez escuché a una persona sumisa diciéndole a su ama “qué rico me duele”. Y a los aficionados al terror, el miedo nos duele riquísimo.

Pero vamos a ver, ¿esto qué es? ¿No se supone que nuestro instinto está preparado para identificar el miedo como un anuncio de peligro, algo de lo que huir? ¿Qué clase de tontería es esta de ir buscando algo que nos dispara el corazón y nos hace temer ir al baño de noche?

Ahora es cuando viene el chistaco de “¡Madre mía! ¿Cuántos perros tienes?”

Si lo pensamos, el masoquismo no es algo que se limite al sexo, ni a nuestros libros y películas favoritos. Los seres humanos superamos el dictado de nuestros instintos hace milenios, y nos encanta ir persiguiendo cosas que nos alteran o nos hacen daño. Consumimos drogas, subimos a montañas rusas, nos retamos unos a otros a entrar a los cementerios de noche, practicamos deportes de combate diseñados para herir y ser heridos.

(Acabo de darme cuenta de que yo he hecho todo lo anteriormente mencionado. VAYA VAYA)

¿Qué andamos buscando de todas estas cosas, a ver? ¿Qué tienen el común? Vértigo, miedo, adrenalina, excitación, sensación de peligro… pero no necesariamente peligro real. He ahí la clave, creo yo: disfrutamos siendo masoquistas con la ficción de terror (o con cualquier otra cosa) porque se siente peligroso, pero no lo es realmente. Al igual que un sumiso es quien realmente controla una escena BDSM, imponiendo los límites y estableciendo las reglas a seguir antes de ceder voluntariamente el poder al amo durante un rato (un poder, como cualquier otro favor sexual, que se puede recuperar inmediatamente cuando el sumiso decida), las personas que disfrutamos con las historias de terror queremos experimentar el vértigo de la caída libre y el escalofrío de una amenaza cercana, pero arrellanados en el sofá o echados en la cama. La adrenalina, las palpitaciones y la descarga posterior de endorfinas son reales, pero el peligro es sólo una representación. Somos nosotros, en todo momento, quienes decidimos hasta dónde llegar, y cuándo queremos parar. Consumir terror es acojonante, pero es seguro.

A los seres humanos nos encanta la sensación de hurgarnos en la herida; lo que no es tan divertido es sangrar de verdad. No es coincidencia que, cuando nuestra salud mental se resiente (en momentos malos de nuestra vida, o si padecemos un trastorno) muchas veces acabemos desarrollando conductas autodestructivas como el consumo de drogas, las autolesiones o la conducción temeraria, buscando esa descarga de endorfinas, esa sensación de control, pero exponiéndonos a daños reales. La autodestrucción es la versión enferma de nuestra curiosidad por el lado oscuro de las cosas, esa versión que aparece cuando las cosas te superan y te sientes privado de control sobre tu propia vida. A lo largo de los años, me he cruzado con muchas personas ya recuperadas de adicciones o traumas, o que ya han aprendido a gestionar sus trastornos, que usan la ficción de terror o el BDSM para lidiar con sus impulsos autodestructivos. El simulacro de peligro que nos ofrecen nos ayuda a sentir que volvemos a tener nuestra vida bajo control.

Si la película no te hace gritar y saltar en tu asiento, quizás no la has elegido bien.

Pero incluso cuando nuestra salud mental está bien, podemos sentirnos atraídos igualmente por el terror. Vivir es complicado: demasiadas dudas, demasiadas amenazas (reales), demasiada confusión. El terror puede servir para tranquilizarnos, para mostrarnos que las cosas podrían estar mucho peor, o para enseñarnos una versión del mundo en la que los monstruos tienen cara y el método para enfrentarse a ellos está bien definido. En Danza Macabra, Stephen King decía que el terror, como género, es muy conservador justamente por esto: la desviación de la norma es el peligro, y es necesario acabar con ella para restablecer el orden. Esta es otra idea que me llamó mucho la atención de ese libro, porque creo que tiene razón: el terror como género ha sido siempre tradicionalmente conservador… pero, añado yo, no tiene que serlo, y actualmente hay algunos ejemplos buenos de lo revolucionario que puede ser. Creo que escribiré sobre eso en entradas futuras.

En resumen, las historias de terror son una forma de masoquismo muy divertida. Y aunque a algunas personas (hola, ma) les pueda parecer perverso, disfrutar pasando miedo no tiene nada de raro ni especial. Todas las personas sobre la faz de la tierra nos rascamos las costras, nos asomamos al abismo hasta que nos pica la cara, metemos las narices (o la mano) en asuntos turbios sólo para ver qué pasa. Es un impulso muy infantil y muy humano: el niño que llevamos dentro se muere por averiguar qué hay más allá de los confines impuestos por los adultos… pero también quiere que, si las cosas salen mal, haya un adulto que nos venga a recoger y nos proteja de los monstruos que nosotros mismos hemos buscado. Así que decidimos cuáles son nuestros límites, elegimos nuestra palabra de seguridad… y le pedimos más a nuestro amo.

Porque carajo, qué rico nos duele.

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