La denuncia falsa, un mito tan viejo como la Biblia

Advertencia: este artículo trata sobre la violencia sexual, racial, homófoba y de género, y sobre las diversas apologías de la misma que recibimos desde la ficción y los medios. Si esto es traumático para ti, por favor ten cuidado.

Quiero decir, antes de continuar, que estos temas son por desgracia muy dolorosos para mí y aún me producen mucha ansiedad, así que este artículo va a ser bastante más repetitivo y errático que los otros. Me disculpo de antemano.

También hay spoilers de El cuento de la criada, La vida de David Gale, Expiación y La Caza.

 

Cuando estudiaba en la facultad, uno de los bares que había al otro lado de la avenida solía pegar en el cristal carteles con refranes tradicionales españoles. Me di cuenta de ello el día en que, dando vueltas por la avenida después de comer, vi en la cristalera la siguiente frase: “Mujer que llora, es puta o ladrona”.

Yo tenía veintiuno, veintidós años. Llevaba siendo acosada sexualmente desde los trece; desconocidos, profesores, amigos. A los diecinueve, ya estudiando en aquella facultad, un chico con el que salí fugazmente me violó. Por la época en que vi aquel refrán en el ventanal del bar, no recordaba que eso me había pasado; tardaría casi hasta la graduación en recuperar aquel recuerdo, sepultado en un mar de recuerdos semejantes a los que no les había dado importancia, convencida de que formaban parte de una experiencia normal.

El chico que me violó era un maltratador. Nunca me golpeó; no me dejó un ojo morado, ni me abofeteó, ni me azotó con el cinturón. No era un borracho. Ni siquiera me gritaba. Y desde luego, cuando regresaba a casa tras estar con él no me arrastraba por las calles hecha un mar de lágrimas. Todas esas cosas que yo había visto en series, películas y campañas de prevención y que gritaban “¡Maltratador! ¡Maltratador!” con claridad meridiana, para que supieras en todo momento que la protagonista era una pobre víctima y que al final la policía vendría a llevarse al maleante, o mejor, que el enamorado de la protagonista le metería un buen tiro en la cabeza en un épico frenesí vengador.

Pero era un maltratador. Disfrutaba humillándome. De hecho, disfrutaba humillando a todo el mundo, especialmente a las mujeres. Le daba órdenes en tono despectivo a la asistenta eslava que limpiaba su casa, y cuando yo le llamaba la atención por ello hinchaba el pecho y me sepultaba con “razones” por las que él se merecía un servicio exquisito a cambio del dinero que pagaba su padre, y por qué las camisas mal planchadas eran una ofensa a su persona. Me hacía bromas hirientes: una vez me obligó a sentarme sobre él pese a mis protestas, y cuando la silla en la que estábamos se rompió fingió que me echaba la culpa y que me iba a echar de su casa a empujones; otra vez hizo ademán de darme una patada en la cara estando yo sentada a sus pies y luego rompió en carcajadas. Si me mostraba dolida por ese trato se burlaba de mí, llamándome tonta por no entender su sentido del humor. Discutía absolutamente todo lo que salía de mi boca, una y otra vez, usando todos y cada uno de los trucos dialécticos del manual, hasta que me rendía, sintiéndome exhausta y sin recordar ya qué había dicho en primer lugar. Hablaba durante horas de sí mismo, pero cuando yo intentaba contarle algo me interrumpía para ponerse a hablar de él de nuevo. Me insultaba y luego negaba haber dicho nada, o procedía a demostrar que en realidad la culpa era mía por ser demasiado susceptible. Pasaba horas en 4chan navegando por los hilos más misóginos que encontraba y a veces me enseñaba los memes crueles que encontraba para reírse de mi cara de consternación o reñirme por sentirme agredida. Veía porno violento y a menudo fantaseaba en voz alta sobre maneras “legales” de agredir a una mujer en la cama, como buscarse una sumisa masoquista que “se dejara hacer de todo”, o engañarla para que tuviera sexo sin protección.

Pasaba horas explicándome por qué los hombres que mataban a sus parejas o exparejas tenían razón, porque realmente vivíamos en una dictadura hembrista en la que las mujeres podían arruinarle la vida a un hombre por capricho con una simple denuncia. Y yo, escarmentada, acobardada y reducida a la mínima expresión, le daba la razón. Al fin y al cabo, ¿no era eso lo que decía todo el mundo? ¿Que teníamos una legislación abusiva en materia de género y que había mujeres, zorras sin escrúpulos a las que no había que parecerse, que denunciaban a hombres por despecho y los hundían para siempre, quitándoles el dinero y los hijos y a veces la vida? ¿Acaso quería yo ponerme del lado de aquellas arpías? ¿No quería yo ser “una chica guay”, una chica que se ríe de chistes violentos y puede seguirle el juego a los hombres, no una debilucha llorona?

Poco después me violó. En ese momento no me di cuenta.

Creí que era otra de sus bromas.

 

Existe un tipo de maltrato psicológico al que se le llama “luz de gas”. Este nombre proviene de una obra de teatro de Patrick Hamilton, “Gas Light”, en la que un hombre manipula a su esposa para hacerla creer que está loca (moviendo objetos de sitio, cambiando la hora de los relojes, insistiendo que cosas que ella ha visto con sus propios ojos son producto de su imaginación) para encubrir un asesinato que cometió. La luz de gas es típica en relaciones de maltrato, pues no sólo le permite a la persona que abusa voltear las situaciones para que parezcan culpa de la víctima, si no que si se repite lo suficiente la propia víctima acaba dudando de su percepción, perdiendo el vínculo con la realidad y teniendo que fiarse de la persona que le está haciendo daño. No obstante, la luz de gas no sólo ocurre en relaciones interpersonales. También es algo que el gobierno, o la sociedad, puede hacer con nosotres.

A las víctimas de violencia sexual la sociedad nos hace luz de gas todo el tiempo.

Oímos, una y otra vez, que la violación está por todas partes. En cada esquina. A las niñas nos cuentan aterradores cuentos preventivos incluso antes siquiera de explicarnos que el sexo existe. Nos recuerdan que el lobo acecha el camino, espiando nuestra irresistible caperuza roja. La amenaza es omnipresente, y todo el mundo habla de ella, incluso aunque no la llame por su nombre.

Sin embargo, cuando lo peor pasa, cuando esa amenaza se hace real y sufres ese horror contra el que tanto te previnieron… de repente no existe. De repente esa amenaza omnipresente, ese monstruo que acecha realmente es un pobre hombre que no sabía coquetear, que estaba demasiado enamorado, que había bebido una copita de más, que estaba de broma. El hijo de alguien, que jamás le haría daño a nadie. Un buen marido. Un padre de familia. Un intachable miembro de la comunidad. Un valiosísimo artista. Un Hombre Que No Hizo Nada.

No te ocurrió lo que crees que te ocurrió.

Y cuando apuntas con el dedo y gritas “¡Violador”!… de repente todo el mundo se vuelve y te señala a ti.

“Zorra mentirosa”.

 

Me di cuenta de que me habían violado cinco años después de que ocurriera, flashback y ataque de ansiedad de por medio. Nunca denuncié.

¿Qué iba a denunciar? ¿Tenía pruebas acaso?

No. Ni una.

¿Qué iba a hacer? ¿Ir a la comisaría con las manos vacías, contarles mi historia, volverme a casa sin nada? ¿Qué cara me pondrían los guardias civiles si les dijera “miren ustedes, el chico con el que salía hace cinco años, con el que me involucré voluntariamente y con el que accedí a tener sexo me forzó en mitad del acto y se rió de mí, pero no he dicho nada hasta ahora”?

Yo ya me sabía la historia, me la sabía casi desde que sabía caminar.

No se puede andar denunciando sin pruebas, eso es de arpías.

Las denuncias sin pruebas son falsas, todo el mundo lo sabe.

Y las denuncias falsas pueden destrozarle la vida a un hombre.

Incluso sin pruebas.

Además, ¿no estaba yo saliendo con él? ¿No me había metido en la cama con él? Tanto no me disgustaría, ¿no?

¿No sería yo la que quería joderlo porque, después de aquella relación de mierda, él me dejó a mí, y yo estaba despechada?

No tenía nada, y sabía cuál sería mi lugar en aquella historia. Así que agarré mi trauma, me lo eché a la espalda, y seguí caminando.

 

La violación y otros tipos de violencia sexual, como el acoso, suelen ser percibidos con mucha reticencia por el público. Se dice que hay que ser “prudentes”, que “no podemos creernos cualquier cosa”. Otros crímenes como el hurto, el robo con intimidación o incluso las agresiones físicas no despiertan esta desconfianza. No existe la noción de que debemos ser prudentes cuando alguien denuncia un robo; si alguien viene llorando diciendo que le han arrancado el bolso, nuestro primer impulso no es dudar de su palabra, ni preguntarle si conocía al criminal de antes, o si no será que lo que quiere es arruinarle la vida a le carterista. Una vez un compañero de facultad me contó que su madre había perdido la billetera por la calle, y que había decidido que era más conveniente denunciar que se la había robado “un negro”. Ningune de les otres compañeres que estaban presentes pestañearon dos veces ni ante el racismo flagrante ni ante la denuncia falsa. Era más beneficioso denunciar un robo, así que la señora lo había hecho, ¿a qué tanta alarma? Todo el mundo miente un poquito en asuntos oficiales de vez en cuando, y tampoco estaba haciendo daño a nadie, ¿no?

(spoiler: estaba haciendo un daño horroroso a la comunidad migrante afroespañola, que sufre violencia policial con frecuencia, y hablaré de ello más adelante. pero ni ella, ni su hijo, ni ninguna de las personas que escucharon la historia pensaron en eso)

La proporción anual de denuncias falsas por agresión sexual no suele ser mayor que la de denuncias falsas por otros crímenes [x]. Pero en la sociedad existe, no obstante, un terror atávico a la denuncia falsa. Independientemente de los porcentajes reales, percibimos la denuncia de violación como algo terrible que puede destrozar la vida de hombres inocentes. Existe toda una narrativa, que se remonta a más allá del Antiguo Testamento, que nos cuenta historias terroríficas acerca de las consecuencias de dichas denuncias falsas.

No existe una narrativa equivalente que nos inculque cuán traumática y destructiva es la violencia sexual para la víctima.

Muy por debajo de nuestra supuesta condena de la violación, en uno de los sustratos más antiguos de nuestra cultura, en el subconsciente de la sociedad, hay una historia que se ha repetido hasta la saciedad desde los albores de la humanidad. Y esta historia dice: las mujeres son mentirosas. Las mujeres son retorcidas y vengativas. Las mujeres se quejan demasiado. Las mujeres buscan constantemente hacer daño para su propio beneficio. Las mujeres manipulan a los hombres con sus lamentos.

Las mujeres que lloran son putas o ladronas.

Y esta historia la escuchamos y absorbemos sin darnos cuenta desde que nacemos.

 

En la Biblia, en el libro del Génesis, podemos leer la historia de José, hijo predilecto de Isaac,  que fue vendido como esclavo en Egipto por sus hermanos celosos y acabó trabajando como administrador para Potifar, capitán de la guardia del faraón. La esposa de éste trató de seducir a José, pero él se negó y escapó dejando atrás su manto; la esposa, temiendo ser juzgada por adulterio, acusó a José de intentar violarla, mostrando el manto como prueba, y José dio con sus huesos en la cárcel. El Génesis está datado entre los siglos VII y V antes de Cristo.

En Don Quijote de la Mancha, uno de los episodios más celebres es la concesión a Sancho Panza del gobierno de la ficticia ínsula Barataria, hecha en son de broma por unos duques que tienen alojados a Quijote y Sancho. Para sorpresa de ellos, Sancho muestra talento para gobernar e impartir justicia. Uno de los casos que se someten a su juicio es el de una mujer que acusa con grandes aspavientos a un ganadero rico de haberla violado, siendo ella virgen; el hombre, acobardado, se defiende diciendo que se acostaron de mutuo acuerdo y él le pagó, pero por lo visto no lo suficiente, pues ella ahora lo acusa sin fundamento para sacarle más dinero. Sancho manda al ganadero que le dé a la muchacha su bolsa de dinero, pero al marcharse ella, le indica a él que la persiga y trate de quitársela. El ganadero fracasa, pues la denunciante se defiende con furia, evidencia que usa Sancho para concluir que la acusación es falsa, pues “si ella hubiera defendido su cuerpo como defendió la bolsa, nadie habría podido abusar de ella”. Esta historia, contenida en la segunda parte del Quijote, se publicó en 1615.

(Cervantes, gran mastodonte de las letras hispánicas, tiene otra historia deliciosa sobre violencia sexual: en una de sus Novelas Ejemplares, “La fuerza de la sangre”, la protagonista queda embarazada como consecuencia de una violación, y años más tarde, ya con su hijo en brazos, se cruza de nuevo con su violador, que decide de repente que la ama y le pide matrimonio. Ella se resiste primero, luego acepta. Final feliz).

“El cuento de la criada”, de Margaret Atwood, ha sido alabada como fábula feminista al presentarnos una sociedad distópica ultraprotestante en la que las mujeres fértiles (cisgénero, asumo, aunque en ningún momento Atwood hace amago de reconocer genitales y género como cosas diferentes) son reducidas a la condición de “criadas”, esclavas domésticas obligadas a acostarse con hombres adinerados en presencia de sus esposas estériles, y dar a luz a niñes que serán después adoptades por dicho matrimonio. La práctica de dejar embarazada a una esclava y adoptar a la criatura resultante cuando la esposa no era capaz de hacerlo procede del Antiguo Testamento (aparece en la historia de Abraham, también en el Génesis) y es una de las formas de violación legal más antiguas, aparte del matrimonio: una esclava, completamente privada de voluntad y perteneciente a otra persona, no puede decidir libremente si desea tener sexo o no. Sin embargo, Atwood hace a la protagonista, la criada Defred, decir claramente que lo que su amo hace “no es violación” porque al fin y al cabo tras el golpe de estado que instauró la dictadura se le dio a elegir entre convertirse en criada o ser enviada a limpiar basura radioactiva hasta morir. Más tarde en el libro, un agente del gobierno acusa públicamente a un prisionero de violación y azuza a una turba de criadas para que lo linchen. Luego se revela que el reo era inocente de los cargos: no era un violador, si no miembro de la resistencia contra la dictadura. La violación aparece dos veces, y las dos se nos deja claro que realmente no es violación. El cuento de la criada se publicó en 1985.

En la película “La vida de David Gale”, un alegato en contra de la pena de muerte dirigido por Alan Parker, el protagonista, profesor universitario, es acusado injustamente de violación por una alumna resentida que intentó acostarse con él para aprobar y fue rechazada. La película nos muestra cómo dicha acusación destruye la vida de Gale: su esposa lo abandona, le impide ver a su hijo, vende la casa sin su permiso, su comunidad le vuelve la espalda, pierde su trabajo y es incapaz de encontrar uno nuevo porque, en palabras de uno de los decanos que lo entrevistan “si te contratara, en el ojo público estaría contratando a un violador”. Nadie duda, ni una sola vez, de la palabra de la alumna, ni siquiera cuando ésta retira los cargos y desaparece del país. La vida de David Gale se estrenó en 2003.

En la novela “Expiación”, de Ian McEwan, el romance entre la rica heredera Cecilia Tallis y el hijo de la criada, Robbie Turner, se ve truncado por una acusación infundada de Briony, la hermana menor de Cecilia. Briony malinterpreta diversas interacciones eróticas entre Cecilia y Robbie como actos de agresión, y al descubrir a su prima Lola siendo violada por un hombre al que no consigue identificar, denuncia a Robbie, que es encarcelado inmediatamente y después enviado a luchar en Francia en la Segunda Guerra Mundial. Años más tarde, Briony se da cuenta de que el violador era Paul Marshall, un amigo de su hermano mayor, y de que Lola, incapaz de decir la verdad, se ha casado con él, pero ya es demasiado tarde para arreglar las cosas: Robbie ha muerto durante la evacuación de Dunquerque, y Cecilia en un bombardeo en Londres. Expiación se publicó en 2001, y una adaptación cinematográfica, dirigida por Joe Wright, se estrenó en 2007.

La película “La caza”, dirigida por Thomas Vinterberg, cuenta la historia de Lucas, un maestro de educación infantil recientemente divorciado que es acusado de abusos sexuales por una de sus alumnas, hija además de su mejor amigo. La niña hace la acusación dolida porque siente un encaprichamiento infantil por Lucas pero éste rechaza su intento de darle un beso; otres niñes de la guardería donde trabaja le siguen la corriente y acusan a Lucas también. A pesar de que la niña finalmente se retracta y las acusaciones son contradictorias, el pueblo en pleno se vuelve violentamente contra Lucas, que es aislado y agredido por la comunidad, llegando a tener que escapar de un intento de asesinato. La caza se estrenó en 2012.

 

Si a estas alturas del partido vuelvo a repetir que la ficción afecta y moldea la realidad probablemente alguien me tire un zapato, así que voy a pasar directamente a la pregunta: ¿qué nos cuentan estas historias (que realmente son la misma historia, contada y vuelta a contar)?

Más allá del tópico misógino de que cualquier mujer que aparezca llorando y gritando “¡Me han violado!” probablemente mienta (“mujer que llora…”), esta narrativa nos enseña que una violación ha de tener unos elementos muy definidos para ser verídica: agresor desconocido, intemperie, violencia física, forcejeo, trauma. Nadie nos ha contado que la mayor parte de veces son tu pareja insistiendo entre risitas hasta conseguir sexo a pesar de tus protestas, ni tu mejor amigo poniéndote los genitales encima mientras duermes. Ni que la mayor parte de las veces las víctimas se quedan congeladas, no pelean, ceden. Que a veces ni siquiera saben (sabemos) que lo que les ha ocurrido es violación.

Y ¿cómo íbamos a saberlo? No se corresponden con el libro, la película, la serie. 

Luz de gas: si tu violación no coincide con la historia, no te han violado de verdad.

Y por encima de todo, esta narrativa nos convence de que tanto la justicia como la opinión pública están más que dispuestas a creer a una denunciante, y siempre preparadas para arrojarse contra el denunciado sin esperar a pruebas. 

En la vida real, es terriblemente difícil que una denuncia por agresión sexual prospere. En primer lugar, porque por su propia naturaleza suele ocurrir en el ámbito privado, y dejar pocas o ninguna evidencia; en segundo lugar, porque estamos condicionades para cuestionar a la víctima. ¿Seguro que no estás intentando fastidiar a tu ex? ¿Seguro que sentiste lo que crees que sentiste? Mira que puedes arruinarle la vida a este pobre hombre.

Sobre el papel, todes sabemos que la violación es un crimen terrible, execrable, espantoso. Pero en la práctica, las historias que hemos consumido desde nuestro nacimiento nos han proveído de miles de argumentaciones para no creer a las víctimas, salvo casos muy específicos. Es violación… a menos que el perpetrador sea novio o marido de la víctima. A menos que sea un miembro prominente de la comunidad. A menos que sea tu amigo. Que sea un buen hombre. Que la víctima no sea blanca. Que no sea virgen. Que no tenga la ciudadanía. Que no hable nuestro idioma. Que estuviera borracha. Que después retirara la denuncia. Que no sea la hija o la esposa de nadie. Que no tenga lesiones físicas. Que no esté traumatizada. Que esté furiosa. Que no se defendiera. Que se defendiera demasiado. Que no llore. Que llore demasiado (“mujer que llora…”). A menos que la agresión ocurriera tras puertas cerradas. Que no hubiera forcejeo. Que víctima y perpetrador estén en batalla por custodia de sus hijes. A menos que la víctima sea un hombre. O una persona trans. O una persona no binaria. Que la perpetradora sea una mujer. Que la víctima tuviera una vida sexual abierta o abundante antes de la agresión. Que haya vuelto a tener sexo después. A menos que…

Nuestra cultura no cree a las personas que gritan “violación”. Muy pocos casos llegan a juicio, y de ellos hay muchos que se desestiman por falta de pruebas (algo que se suele confundir con “denuncia falsa”, cuando, como decía, es muy común en un crimen que suele ocurrir en la intimidad). La gente suele insistir en que “no se puede acusar sin pruebas”, pero no tiene ningún problema en creer denuncias de otro tipo de delitos en los que no las hay (vuelvo al caso de los robos de billetera). El terror a la violencia que puede desencadenar una denuncia falsa ha sido fabricado casi por completo por la ficción. Los miembros de La Manada salieron libres, incluso con pruebas. El capataz acusado de abusar de jornaleras marroquíes en Huelva salió libre. Harvey Weinstein sigue libre. Woody Allen sigue libre. Roman Polanski sigue libre. Internet grita, sí. Pero las consecuencias han sido escasas, o inexistentes.

 

¿Entonces todo este tema de los linchamientos a violadores es falso? Casi.

Ocurre, muy de vez en cuando, que sí hay estallidos de violencia en masa contra alguien acusado de violación. Casi siempre, este alguien pertenece a algún colectivo marginal del que se presupone perversión sexual o violencia: hombres racializados, por ejemplo. O lesbianas.  ¿Recordáis el asesinato de Rocío Wanninkhof y cómo la opinión pública decidió unilateralmente castigar como culpable a Dolores Vásquez, ex novia de la madre, a pesar de que las pruebas apuntaban a un criminal británico con antecedentes? (Vásquez vive hoy en día refugiada en Londres). ¿Recordáis cómo hace un par de entradas hablaba de todos los hombres negros que perdieron la vida a manos de turbas blancas en el Sur estadounidense bajo acusaciones de agresión o acoso de mujeres también blancas, y de cómo los hombres blancos, no obstante, solían poder violar con impunidad a las mujeres negras? Y más recientemente, ¿recordáis a Donald Trump diciendo que los mexicanos era “violadores” para justificar sus violentas políticas antiinmigración? (El propio Trump tiene en su haber varias denuncias por agresión sexual, una de ellas de su propia ex esposa, pero ahí lo tenemos, preocupándose por la seguridad de las estadounidenses. O no).

Estos raros linchamientos suelen servir dos propósitos. Uno, justifican el odio y la desconfianza que los grupos privilegiados sienten por los marginados. “La bollera esa, a saber qué le hacía a la pobre niña”. “Estos inmigrantes salvajes, como los dejemos entrar vendrán a violar a nuestras mujeres”. Y dos, sirven de catarsis simbólica. La gente que ha participado se queda tranquila porque ha hecho lo correcto, ha castigado a un violador “de verdad”, y siente que ya puede volver a su vida cotidiana, sin cuestionarse nunca el sistema que permite la violencia sexual en primer lugar. Sin preguntarse si no será algo sistémico.

El cuento de la denuncia falsa que nos han contado toda la vida es, irónicamente, falsa. Y hace mucho, mucho daño.

 

Pero esto no tiene que ser el final de todo; las historias se pueden cambiar. Podemos dejar de repetir el mismo cuento de siempre y contar otros nuevos.

Podemos, para empezar, creer a las víctimas. Algo tan tonto y tan simple es revolucionario cuando vivimos en un mundo construido para deslegitimarlas y dejarlas sin voz. Incluso aunque el acusado sea ese director cuyas películas nos encantan. O ese amigo en el que confiábamos. Permitir a las víctimas poner su voz en el mundo, en lugar de dejarlas a merced de una historia en las que ellas son las antagonistas, puede cambiar muchísimo las cosas.

Y para seguir, podemos construir nuevas narrativas en torno a esas voces. Acercarnos a las historias sobre agresión sexual con cuidado y conocimiento, centrándonos en la víctima, no en el agresor. Retirando del primer plano los detalles truculentos de la agresión en sí, y dando el espacio  central al proceso emocional de la superviviente. Eliminando las narrativas en las que la víctima queda reducida a una ruina emocional y es un familiar o allegado masculino de la víctima el que cobra venganza, copando el interés y la implicación del público. Dejando de usar la agresión sexual como castigo moral para las villanas de la historia. Dirigiendo la empatía del público hacia ella (recordad que cualquier historia juega con nuestras emociones). Mostrando que hay muchos tipos de agresión y muchos tipos de víctima, y ninguna es menos verídica que otra. Contando historias en las que la obtención de justicia sea sólo el comienzo del “final feliz”: mostrar que hay vida después de algo así, que una superviviente es más que un trauma. Recordar al público que la víctima no tiene la culpa, sea como sea, haya hecho lo que haya hecho.

Porque, en alguna parte, hay una estudiante con ansiedad que cree que se ha buscado su propio sufrimiento. Necesita desesperadamente escuchar que le creen.

Y quizá, al tiempo que reescribimos esta historia tan venenosa, podamos también empezar a crear otras que no incluyan ningún tipo de violencia sexual, punto. Para hacerlo realidad primero hay que imaginarlo.

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